
A QUIEN DE BAILAR TIENE GANA, POCO TANIER LE ABASTA. Refrán sefaradí.
Ben Gurión lo admiraba con mesura y le tenía gran respeto; sus enemigos, gran miedo. Era peligroso como rival político y mortal en defensa de Israel, su gran obsesión. Era un halcón, sí, pero nuestro halcón. Tildado por muchos de cruel, entonces y ahora, habría que preguntarles si realmente sabían, saben, quienes eran y son los enemigos, cuáles sus tácticas, objetivos y víctimas. Incluso después de los hechos que más repercusión social han tenido en Israel, por los que fue directamente acusado y nunca demostrada su responsabilidad, y que tanto le afectó a nivel personal, la matanza en Sabra y Shatila, supo defender sus posiciones. Siempre defendió el criterio de que si sin la determinación del Tzahal, sin su pericia y arrojo, sin la “crueldad” de sus mandos, Israel habría sido machacada tiempo ha.
Hablamos de Ariel Sharon. Su contundencia convenció a los moros de que Israel era inamovible. No obstante y a pesar de las críticas dentro y fuera de Israel, tomó la decisión de cortar las amarras con Gaza, ante la renuencia mora, así como anteriormente supo manejar airosamente la salida del Sinaí, como director de la operación, a cambio de un impagable tratado de paz con los egipcios.
Se han cumplido veintisiete años de la Operación Shalom Hagalil. Han sido veintitantos años de mala memoria, de mala conciencia, de ingratitud y despecho. Existe una general ignorancia sobre la génesis y desarrollo de aquella operación militar para dotar de paz a la Galilea y sobre la coincidencia de método, objetivo y resultado entre la campaña mediática organizada en Occidente –incluso Israel- después de aquella guerra y la que aún sufrimos en todos los ámbitos tras la Operación Plomo Fundido. Ambas consiguieron dañar gravemente la línea de flotación de la imagen de Israel. En aquella ocasión y pese a que fue denominada en ciertos ambientes Guerra contra Líbano, Israel entró en ese país con el objetivo de terminar con los ataques que la OLP de Arafat, instalada en la franja sur de Líbano, venía efectuando contra las poblaciones del norte de Israel. El terrorista Arafat, aprovechando la debilidad del Gobierno libanés, sumido en la tarea de pacificar el país en plena guerra civil entre musulmanes y cristianos, venía asolando el territorio israelí con el objetivo de provocar lo que consiguió: la penetración del Tzahal para buscar y eliminar terroristas entre los cedros. Israel apoyaba política y decididamente al Gobierno democrático de Bashir Gemayel, pero no hasta el punto de prestarle ayuda militar. Pero los hechos se sucedieron dramáticamente. Gemayel es asesinado por los musulmanes el 14 de Septiembre y el Tzahal decide traspasar la Línea 40, avanzar junto a las milicias cristianas hasta Beirut, tomar su sector occidental y embolsar a los terroristas. Las tropas cristianas, mientras los israelíes patrullaban fuera, ajenos a la operación miliciana, penetraron en los “campamentos” palestinos de Sabra y Shatila dando rienda suelta a su sed de venganza, matando a varios cientos de palestinos.
La noticia, como siempre hábilmente utilizada y manipulada por los moros y sus voceros, tuvo una gran repercusión en el pueblo de Israel. La sensible sociedad judía presionó hasta conseguir que se crease la Comisión Kahan, cuya investigación declaró al Tzhal culpable por omisión de las muertes en los “campamentos” libaneses. El Ministro de Defensa israelí, Ariel Sharon, fue destituido, en medio de la mayor manifestación popular habida en Israel hasta la fecha, y mediáticamente lapidado, hasta convertirlo no sólo en el político más denostado, sino en la persona que concitaba más odio en todo el Estado. Supo, no obstante, resistir y retomar el vuelo. Su capacidad de liderazgo y le llevó a marcar su propia hoja de ruta y únicamente la enfermedad ha impedido que pudiera rematarla con éxito.
Haim.
