
LO CONTADO SE LO YEVA EL GATO. Refrán sefaradí.
Debo reconocer que estoy confuso. Lo que hasta anteayer era misterio, nebulosa, oscuridad, Irán, ahora dicen que es diafanidad, ideas claras, acciones y declaraciones predecibles; Irán también. Todo el mundo lo ve claro ahora y todos los comentaristas epatan a sus lectores manifestando por doquier y en cualquier idioma conocer los entresijos del régimen y la psicología del votante iraní. A nadie le he leído palabra alguna poniendo en cuestión el sentido democrático de esta repentina pataleta social, más parecida a una reacción cataléptica que a una organizada actitud reivindicadora de usos y costumbres democráticas a lo occidental. Mientras no se demuestre lo contrario y con las excepciones que sean de rigor, los hechos nos dicen nítidamente que los iraníes sólo se sienten humillados y abochornados, iracundos si cabe, por la burda tomadura de pelo del régimen. Éste los consideraba más tontos de lo que son. No se ponen en entredicho las decisiones y objetivos de los que mueven los hilos, sino a los muñecos que cuelgan en ellos. Pero no se abunde en la confusión, ya que la protesta se circunscribe a los ámbitos ilustrados, a esa franja de población que usa no sólo el móvil, sino internet, va a la universidad y lee la prensa. Ésta y la otra Irán, mayoritariamente iletrada y radicalizada, permanecen alienadas y fieles a las consignas del líder supremo.
Sea cual sea el resultado de estos comicios, vamos a seguir disfrutando del mismo Irán. Para desgracia de sus ciudadanos, nada va a cambiar en este inmenso país respecto a la aplicación de la Sharía en su forma más medieval posible y, para desgracia de los ciudadanos del mundo, nada va a cambiar en Irán respecto a sus ansias de poder militar nuclear y amenazas a sus vecinos, correligionarios o no. Tampoco va a cambiar para nada el ritmo de fanático adoctrinamiento a sus masas, ayuda militar a sus filiales terroristas y fortalecimiento de las extrañas hermandades sudamericanas. A estos extraños socios, al igual que al mundo civilizado, les da igual que sea Musavi o Ahmadinejad quien se lleva el gato teocrático al agua. Esa no es la pelea de Occidente, y no será necesario que los países democráticos opinen sobre los acontecimientos. Ya los clérigos y sacrismoches chiíes se han apresurado a denunciar la “intolerable intromisión de las fuerzas extranjeras judeo-masónicas”. En todas las dictaduras ocurre lo mismo y sobre lo cual deberían tomar puntual nota todos los aspirantes a muftíes de la prensa.
Haim
