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Los políticamente correctos.

chita-zerolo

EL MEOYUDO LO PENSA, EL BORRATSHO LO DIZE. Refrán sefaradí.

Por lo que se ve, estoy levitando en lo que a política se refiere. Según parece y por las calificaciones que reparten los políticamente correctos tengo un pie en la izquierda y otro en la derecha. Siento la etiqueta clavada en mi espalda. Nosotros los viejos, que hemos sido desasnados mal que bien a base de machota y cincel, con criterios tal vez excesivamente estrechos y rígidos, nos encontramos -yo sí, al menos- de un tiempo a esta parte con una serie de conceptos nuevos que incorporar a nuestra dieta cultural, a nuestro diccionario de expresiones coloquiales, puesto que el de neologismos, sinónimos y antónimos va dejando de tener actualidad. Esos conceptos nuevos han entrado en los foros, en el Parlamento, y se debate sobre ellos, y se define al personal como progres o retros, como de izquierdas o de derechas en función de esos debates. Por eso decía que a estas alturas, políticamente debo estar entre-pinto-y-valdemoro, entre dos aguas, sin saber con qué carta quedarme.

He leído en el periódico digital elplural.com, que se dedica fundamentalmente al pseudo-progresismo anti-judío y que me resulta resbaloso como un húmedo canto rodado, la convocatoria a una manifestación de nivel estatal del orgullo de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, con el lema “Escuelas sin armarios” y porque “Todavía quedan derechos por conquistar”. Todo eso. De niños y jovencitos estábamos convencidos de que el mundo estaba poblado por hembras y varones, daba igual el color de tez y la edad. También constatábamos que existían hombres y mujeres a los que se les definía como mariquitas, en los que había algo diferenciador, a nuestros virginales ojos. En esta realidad crecí, crecimos, así como en el respeto a todos dentro de nuestra lógica curiosidad. Me abochornaban, eso sí, los que aireaban su frustrada femineidad, pero también las mujeres gritonas y greñudas y los beodos trastabillados. Y me siguen asqueando. Nuestros tiempos, evidentemente, eran muy simples y esquemáticos. Ahora -no llego a salir de mi asombro- todo ha cambiado y nos encontramos con que al mariquita no se le puede llamar así, sino lesbiana, gay, homosexual, transexual, bisexual,…dependiendo no sé de qué. Como esta clasificación viene definida por según qué opción sexual, puede que algún día se amplíe la lista con “trisexual” y “cuatrisexual”, porque se pueden desarrollar muchas ecuaciones con esos elementos. Incluso podría llegarse a debatir el bestialismo como una más y en los mismos términos.

Y no es tanto, como algunos de los colectivos que acogen a estos ciudadanos han denunciado, que se produzca en la sociedad violencia o exclusión sobre ellos, que no es cierto, sino a sus pretensiones de conseguir aún más derechos que lesionen o pueden lesionar los derechos de los demás ciudadanos. Basados en la catalogación ya mencionada, se les considera como “de otro sexo“, cuando sencillamente hacen lo que el género humano ha hecho siempre: practicar el sexo cuando, como y con quien se puede. En virtud de esta consideración el Estado les va otorgando derechos colectivos que, ojo al parche, siempre parecerán pacatos. Al respecto e impulsada por el PSOE se ha presentado en el Congreso de Diputados de España para su aprobación una “declaración de apoyo institucional a los homosexuales, perseguidos por su condición sexual”. Que la declaración fuese o no aprobada es irrelevante. No así el apoyo mayoritario de todos los grupos políticos, con alguna excepción, en base a unas consideraciones, además de irreales, ya ajadas de tanto uso, como persecución, discriminación, homofobia, transfobia y odio. Que existan otros países, conocidos aunque no mencionados en la propuesta de declaración, en los que está institucionalizado mediante la Sharía esta variedad de genocidio, no justifica su presentación y, menos, su esperada aprobación tras las mínimas correcciones de rigor. Quizás una propuesta conminando a esos países genocidas a la derogación de esa ley musulmana hubiera sido aplaudida mayoritariamente por la ciudadanía, pero, ¡ay!, estaría considerada como políticamente incorrecta.

Si nos atenemos al eslogan o lema utilizado en esta convocatoria de manifestación y a su coletilla, cabe pensar que pretenden aliviar el mobiliario de las escuelas, que los escolares y profesores coloquen su ajuar por los suelos y que todo ande manga por hombro. Pero no es así. El mobiliario que pretenden remover es el moral, el que sustenta sin estereotipos y prejuicios el pasado, presente y futuro de nuestra Civilización. Y eso no. A eso me niego, me opongo rotundamente; me rebelo y se acabaron mis respetos para con los instigadores. ¡A los niños ni los toquen!

En la presentación del programa de actos, con toda la parafernalia prestada por las autoridades municipales, autonómicas y estatales de Madrid, esta gente ha afirmado que existen más de 175.000 adolescentes homo (ellos les llaman “adolescentes LGTB”, como si de un virus se tratase), que son objeto de “elevadísimos niveles de exclusión y violencia”, a los que pretenden rescatar de los dañinos armarios escolares mediante la diversidad afectivo-sexual. ¿En qué consiste tal declaración de intenciones? ¿Cómo pretenden ejecutarla? Es de suponer que habrá también un gran número de chavales gordos o gordas, flacos o flacas, feas y feos, bizcas y bizcos, lerdos y lerdas, posiblemente al igual que sus padres, que sufren o han sufrido los mismos “elevadísimos niveles de exclusión y violencia”, y no se les ha pasado por el magín organizarse en especie desprotegida, ni reivindican ser considerados género aparte. Sencillamente porque, al igual que ellos, no lo son.

España es un modelo a seguir, dicen los organizadores y desde el Gobierno, siendo un referente en cuanto a los matrimonios entre personas del mismo sexo, pero este derecho y otros no serán completos hasta que no haya una verdadera igualdad social, lo que pasa por la diversidad en las aulas. Traducido viene a decir que, a efectos operativos -y de control-, los alumnos habrán de definirse públicamente por sus opciones sexuales, cuando fisiológica, mental y psicológicamente están en formación. Y no estoy diciendo ninguna barbaridad, ni me estoy yendo por los cerros de Úbeda, porque ¿de qué otra forma se puede interpretar la frase: “Si admitimos la diversidad, acabaremos de una vez por todas con los dañinos armarios escolares”?

Haim.



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