
CADA PASO QUE DA, EL RAPOSO SE ACERCA MÁS A LA PELETERÍA.
¿Fue por un error de Bush, gravísimo error de Bush, que los clérigos iraníes sigan aireando sus tétricas chilabas ante la inquieta mirada de un mundo sumido en las miserias de la gran crisis económica? ¿Era la teocracia ayatolá el emboscado enemigo a extirpar y no Husein, aquel fantasmón? Si los norteamericanos hubiesen desplazado el puntero láser unas décimas más al Este, el régimen teocrático de Ahmadineya no existiría, o estaría reducido a una mínima expresión entre las montañas cercanas a la frontera afgana, las armas de destrucción masiva, no más sofisticadas que las usadas en la segunda guerra mundial, habrían aparecido sorpresivamente en manos de un Sadam envalentonado capitaneando sus enfervorizadas tropas de élite. El mercado petrolífero no habría sufrido mayores agitaciones que las padecidas y en estos momentos estaríamos hablando de Sadam Husein y no de Mahmud Ahmadineya. ¿Cuán sería entonces la diferencia? Dos serían los elementos diferenciadores. Uno, que Sadam hablaba en nombre propio y Ahmadineya lo hace en nombre de Jamenei y éste a su vez lo hace en nombre de Alá; aquél era un Caudillo y éstos unos fundamentalistas. El segundo elemento diferenciador es la fuerza nuclear, la amenaza nuclear aún no diluida ni extirpada. Fue, no cabe duda, un gravísimo error de Bush.
Soy de los que piensan que el endémico, cruento y feroz conflicto que enfrenta a los suníes y chiíes en todo el mundo islámico desde la muerte de Mahoma, eliminándose mutuamente en dantescas acciones de terror -espero que hasta un porcentaje razonable y esperanzador-, es la verdadera imagen del aparentemente monolítico frente islámico. Si a los iraníes no les surge un competidor importante en el propio Islam, ¿Siria?, su endemoniado caminar hacia el abismo tomará la cuesta hacia abajo, arrastrando a sus vecinos con ellos. El seísmo de grado cero que ha sufrido el país con las algaradas -no revueltas- callejeras por las chapuzas electorales, va a fortalecer al régimen, que se siente respaldado por las decenas de millones de sus rústicos seguidores, cegados por el permanente adoctrinamiento de los “Sepah-e Pasdaran”, de los que Ahmadineya es el líder carismático, y no Jamenei. El aplaudido apoyo político venido de Sudamérica hace el resto.
Siria se perfila pues, curiosamente, como la posibilidad de Occidente de convencer a Irán para que tome asiento en la mesa de negociaciones. Dejadas para su estudio aquellas posturas maximalistas anti-israelíes y obstruccionistas en contra de la paz, mantenidas más para consumo interno y de liderazgo en lo musulmán, Siria comienza a reconocer tímidamente que el entendimiento Siria-Israel en pro de un reconocimiento mutuo no es tan peregrino como puede parecer, a pesar de sus miedos, resquemores y litigios. Sus diferencias con Israel son más fáciles de solventar que las habidas entre éste y Egipto o Jordania de cara a los famosos acuerdos. Netanyahu, por supuesto, habrá de hacer serios ejercicios de autocontrol previos al hipotético encuentro con Bashar el Assad. Deberá intentar no recordar quién desde hace décadas provee de dólares y armas a grupos terroristas que atentan contra Israel, como Hizbolá y Hamás, por lo que serán necesarios –una vez más- los buenos oficios de USA. No en balde las crónicas ponen de evidencia el interés del líder baasista en contactar personalmente con el Presidente Obama. Ya lo ha hecho mediante un telegrama, felicitándolo por el Día de la Independencia. Ambos mandatarios son conscientes de que Irán se contrae sobre sí misma y van a pasar de las palabras a los hechos. De momento, Assad ha invitado a Obama a visitar su milenario país, mientras elogia los valores que atesora y que tanto necesita el mundo. Esta es una oportunidad que Obama debe aprovechar y, de seguro, la aprovechará. El aislamiento de Irán y las negociaciones entre sirios e israelíes dependen de ello. No quiero pensar que el piropeado presidente Obama vaya a hacer bueno el refrán sefaradí:
“Sintió el gayo cantar, ma no sabe en qué lugar”
Si así no fuera, nunca un simple telegrama habría dado para tanto.
Haim.
