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La verdad siempre reluce‏

lagunafuentedelrey1

CANDELICA DE LA PLASA, ESCURINIA DE LA CAZA.
Refrán sefaradí.

Rafael, Falele El Tiñoso, era hijo de Moisés Arévalo, ebanista que trabajaba de sol a sol en un taller pequeñito -en realidad era el hueco de una escalera- que tenía en la calle Calatrava, justo a la vera de las cuadras de la policía. Era el mayor de dos hermanos que habían perdido a su madre, fallecida de tisis justo el mismo día en que terminó la Guerra Civil, dejándolos huérfanos; al pequeño, Moisés con seis meses, y a Rafael con cuatro años. Desde aquel día las vecinas del bloque se las aviaron para darles cobijo y evitar que las monjas se los llevaran al hospicio.

Rafael tenía un miedo cerval a su padre. Éste salía del edificio con las primeras luces del día y no regresaba hasta cuando la tarde llenaba de sombras la plazoleta. Con el padre volvían los golpes y los llantos del hermano, pero durante el mañana ambos acudían a la escuela, donde desayunaban leche con pan blanco, y correteaban sin parar, unas veces solos y otras con nosotros, los amigos. Cuando llegaba la hora de volver a la escuela para la jornada de tarde, ambos hermanos se recogían en la vivienda y Rafael ponía manos a la obra con la comida para su padre, puesto que ellos siempre almorzaban ora aquí, ora allí.

Llegado el estío, durante el cual la vida escolar se paralizaba, Rafael sacaba diariamente de debajo del camastro un cajón repleto de tebeos y novelas, unas pinzas de madera y dos o tres cordeles de cáñamo. Los cordeles los extendía, atándolos a las rejas de las ventanas del piso de Don Teófilo y, a horcajadas sobre ellos, colocaba los tebeos y las novelas. Los había de todas las colecciones, o casi: Desde Pulgarcito hasta Hazañas Bélicas, pasando por DDT, TBO, El Guerrero del Antifaz, Purk; novelas de Estefanía, Mallorquí y hasta de Corín Tellado. Nunca supimos los amigos cómo había conseguido El Tiñoso amasar tal tesoro, pero sí que nos sacaba bien los cuartos, alquilándonos cada ejemplar una tarde entera por cinco céntimos. En lo que a mí respecta y como los cinco céntimos que usaba eran indefectiblemente hurtados a mi madre, tenía que leer el tebeo en el portal de la casa, bocabajo al lado de los grifos comunitarios, uno de agua potable y otro de agua filtrada, que era donde más fresco hacía en todo el bloque.

Una buena tarde, en el tenderete de Rafael apareció colgada una publicación en forma apaisada, con las hojas sueltas. Su título “La Fuente de la Amistad” se deslizaba sobre el dibujo policromado de un hombre barbudo y cubierto con ostentosa vestidura talar y al viento, con una especie de sobretodo cubriendo difícilmente sus largos cabellos. El cayado del que era portador aparecía clavado en el suelo, entre las piedras, de cuyo tajo manaba el agua a borbotones. Pagué a Falele los cinco céntimos y allí mismo, en el ardiente acerado, me puse a leer.

Con las primeras palabras el anónimo autor trataba de dejar sentado que la historia era verídica y que él mismo la había transcrito de antiguos tratados. Ocurrieron los hechos, decía, durante el asedio de las tropas del rey Fernando III a la ciudad de Sevilla, hacia el año 1248. Los almorávides habían sucumbido en Marchena y Morón, donde las tropas cristianas del rey cristiano pasaron a cuchillo la población, y resistían en Alcalá de Guadaira y Sevilla. El Maestre Don Pelayo, que acompañaba al Rey desde la Corte, había levantado el campamento del frente sur en el camino de Torres Alocaz, lejos del río Guadaira, por temor a que los moros lo hubiesen envenenado. El lugar era una gran pradera que llegaba hasta la orilla del río Guadalquivir, frente a Coria, desde donde llegaban a la capital refuerzos y pertrechos. Los sitiadores, en cierto modo, estaban sitiados.

Era verano y la canícula se dejaba sentir con fuerza. La tropa, en especial las caballerías, padecían la falta de agua. Raras eran las pellejas que los expedicionarios conseguían acarrear burlando la vigilancia de los piratas de río. El asedio se estaba haciendo angustioso y el Maestre Don Pelayo había sido herido por una flecha. Con la herida infestada y la fiebre haciéndole delirar, sus cuidadores buscaban aliviarle inútilmente con emplastes. Llegó un momento en que creían perderle, por lo que decidieron hacer caso a los consejos del asistente Juan de Osuna, judío que se había incorporado a la comitiva real tras el incendio de su ciudad y del cortijo donde vivía. El instinto de conservación le aconsejó llorar en silencio a los suyos y, desde su privilegiada posición, poder ayudar de vez en vez a algún judío en dificultades, que solían ser muchas. Este hombre hizo traer ante el enfermo a Shmuel, judío también, médico de gran fama que desarrollaba sus labores entre los soldados y sus familiares que les seguían de batalla en batalla y de sitio en sitio. El médico tomó las manos del Maestre, mirándole a los ojos mientras parecía rezar en una extraña lengua. Luego le mojó los labios y frente con agua fresca, cubriéndole los pies con una manta de lana, aconsejando que le dejaran dormir. Preparó en una marmita un cocimiento a base de salvia y mejorana, lo dejó enfriar y se marchó. A lo largo de tres días repitió las visitas, cada vez menos espaciadas, en las que, primero, introducía en la boca del Maestre varias cucharadas del cocimiento y cambiaba el apósito sobre la herida, vertiendo sobre ella algunas gotas del mismo líquido, y después, el enfermo, visiblemente mejorado, sorbía voluntariamente del cazo. Pasados los días y con la herida casi cerrada, siendo la fiebre un mal recuerdo, Don Pelayo seguía reclamando a Shmuel con insistencia. Éste le tomaba las manos murmurando un rezo y permanecía en su compañía largo rato. Luego, casi a oscuras, marchaba a su tienda.

Llegó un momento en que, ya completamente repuesto Don Pelayo, la presencia de Shmuel se hizo constante, incluso en el transcurso de las escaramuzas. Este hombre de armas parecía necesitar la presencia del judío y sus rezos cada vez más perentoriamente, admirando los poderes que, comentaba, poseía. Llegó a encariñarse con él hasta el punto de hacerle trasladar sus enseres y ponerlos junto a los suyos y dormir tienda con tienda. Esta amistad, como era de prever, levantó las envidias de los capitanes, frailes y criados del Maestre que, confabulados, mandaron recado al Rey quejándose de la marginalidad que sufría la Fe en el campamento y de la mala influencia que Shmuel ejercía sobre su señor y éste sobre sus hombres. Incluso llegaron a hablar de brujería. Estos celos provocaron el asesinato del médico. Una noche, mientras hacía sus necesidades en las letrinas, dos de los capitanes le asaltaron, dándole sendas cuchilladas en la espalda sin posibilidad de queja. A la mañana siguiente, su cuerpo apareció sobre una gran mancha de sangre, desmadejado y mordido por los perros.
Fue en vano la investigación sobre los criminales. El Maestre, ciego de dolor, clamaba “al Dios de Shmuel”, pidiendo su intervención. Fue en vano, porque un importante y sorpresivo ataque de los piratas de río asoló el campamento, arramplando con los víveres y despanzurrando los odres del agua, amén de alguna que otra estocada. Shmuel y los caídos en la reciente escaramuza fueron enterrados de prisa y corriendo ante el temor de nuevos ataques. Juan de Osuna, ante la extraña pasividad del Maestre, envió piquetes con pellejos nuevos a fin de acarrear urgentemente agua. Pasaron dos días y no volvieron, por lo que sin más demora se enviaron otros en dirección a la antigua plaza de Orippo, donde el acceso al río Guadalquivir era más fácil, los cuales a los dos días aún no habían vuelto. El de Osuna andaba arriba y abajo dando órdenes apresuradas, porque ya algunos niños y los enfermos morían de sed o se agravaban en sus males. Las caballerías, locas de sed, soltaron las amarras y galoparon hacia el cauce del río Guadaira, cuyo fresco hálito les había llegado. El Maestre, espada en ristre, buscaba y buscaba sin norte, los ojos perdidos, a los asesinos de su amigo. Las mujeres gritaban sobre los cuerpos inertes de sus hijos y el calor era sofocante, cuando el Maestre Don Pelayo alzó la espada y en un arrebato dijo:
“Dios de Shmuel y Dios mío, no querría él esta venganza. La justicia para con sus asesinos está en tus manos, pero salva a esta gente inocente”
Clavó el arma sobre la tumba de Shmuel, cayendo luego al suelo como un fardo, sin vida. Inmediatamente, de entre las piedras y justo desde donde la espada había clavado comenzó a manar agua, al principio lentamente, pero el caudal comenzó a tomar proporciones tales que inundó los aledaños del campamento, el campamento mismo y fue a embalsarse en una vaguada próxima. La gente gritaba y gritaba, olvidándose por unos momentos de sus aflicciones. A los pocos días después del entierro de Don Pelayo, el mismo Rey Fernando III, llamado el Santo, acudió al lugar para comprobar la veracidad de lo informado. Miró la laguna y el riachuelo que se extendía más allá de la vista. Luego miró a sus acompañantes, que asintieron con ojos llorosos. Sin perder más tiempo volvió grupas, ordenó reorganizar las tropas y atacar Sevilla por el flanco sur. Los sevillanos que no habían podido huir hacia El Aljarafe o tras las murallas de La Buhaira fueron pasados a cuchillo. El Rey Santo tomó posesión del Alcázar y, en sus repartimientos, donó a uno de sus capitanes, Gonzalo Nazareno, los terrenos donde ocurrieron estos acontecimientos.

El pueblo llano llamó a esta laguna y su manantial “del Maestre”, otra gente, con más conocimiento, “Laguna de los Hebreos”, y otros, más poderosos, le colocaron el definitivo título de Fuente del Rey.

Haim.



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