
QUIEN NACE CON VENTURA, QUIEN CON POTRA Y CREVADURA. Refrán sefaradí.
Otro año más me quedo con dos palmos de narices. Un nuevo verano en el que posiblemente el avión de El Al se elevará sin mí, surcando el techo mediterráneo. Unas veces por fa y otras por refá, lo cierto es que desde hace varios años, llegando el mes de agosto, a falta de una visita física y entusiasta, vuelvo a tener necesidad de rememorar los días pasados en Israel de la mano de Shavei. Aquellos no solo fueron días maravillosos, sino mágicos. Una experiencia única. Un nudo en la garganta con las primeras imágenes de Jerusalén, al fondo de la cuesta, unas tibias lágrimas hermanadas con Jacov, y con Anna, con Iosi y Rafael, con Baruj y los demás miembros de la eventual tribu, mientras el autobús nos introducía metro a metro en ese especial color que cubre todo Jerusalén, sin saber uno a ciencia cierta si es real o imaginario. Unos paseos por sus calles, como sobre el recuerdo, con temor a pisar el pavimento, sin sentir los pies, sin sentir el cuerpo. Plantándonos ante el Kotel con el corazón y los sentimientos alborotados, hasta que unos segundos después de llegar algo hizo sangre en mi interior, hiriéndome con tan desconocida intensidad que hube de apoyarme en el javer Jacov, pasándole en silencio mi brazo sobre los hombros, apoyándome, apoyándonos. Las imágenes, mis imágenes, nuestras imágenes, pasan y entrecruzan ante mis ojos. Otro año más habré de conformar mi espíritu, calmar la melancolía, visionando las composiciones audio-fotográficas. El año que viene…
Mientras tanto, comenzaré a ordenar mis cosas, por si surge en cualquier momento la posibilidad de un recorrido por las juderías más cercanas. Así, quizás me acerque nuevamente hasta Hervás, para recrearme unos días en su aljama, fotografiándola por millonésima vez desde la orilla del Ambroz, que baja nervioso y juguetón desde La Chorrera, cuyo murmullo impregna el entorno, solapando en los oídos el imaginado traqueteo de los antiguos telares. Desde la Fuente Chiquita me sumergiré en la umbría, junto al puente al que da nombre y apellido, subiendo después por la Cuestecilla, mientras el perfume del melojo y el abedul me llega al alma. Al pasar, buscando la tasca de la plaza redonda, acariciaré tiradores, cerrojos, puertas y postigos, reconociéndome en su tacto, besando mis dedos índice y corazón tras introducirlos en cualquiera de las hendiduras donde otrora hubo una mezuzá.
Después de comprobar nuevamente en la tasca que el vino es como para mojar pan, constataré la repetitiva ignorancia del vecindario, incluido el personal de la oficina municipal de turismo, sobre los orígenes judíos de buena parte del casar lugareño, que aceptan como una ineludible circunstancia turística, fuente de importantes ingresos. Con todo, a pesar de la sensación de soledad que me llevo siempre de la Judería de Hervás, su autenticidad, su pulcritud, su hermosura, hacen que olvide pronto el mercantilismo en que la tienen inmersa.
Decía que cada año, por no morir de amor, busco ansioso agotarme físicamente caminando por las calles, callejas y callejones de algunas de las ciudades y pueblos de esta España que ha encontrado en los, por lo general, escasos y depauperados restos de aljamas, un relativo atractivo turístico más, unos renglones más que añadir a sus guías turísticas, unas ostentosas carteleras con pretenciosos titulares sin sustancia alguna. Por ello, porque, quiera que no, aún sigue vivo en el ambiente el afán sin redención de solapar lo judío tras un hipócrita barniz santurrón, demostrativo de que el paisanaje está aún sometido a los dictados clericales, por ello digo que mi agotamiento no será sólo físico, sino también mental. Pero el camino está para seguirlo, y la batalla para ganarla.
Huiré adrede de Ávila y Toledo, la una por adoleciente, la otra, en pleno escaparate, por ostentosa. También me abstendré de volver a Béjar, con su larguísimo trazado, entre cañada y fértil vega, que remata en un arrabal –antigua aljama- completamente dejado de la mano de Dios, con casas semiderruidas que aún conservan jambas y dinteles, así como las semifachadas y umbrales de la construcción original, circunstancias que ignoran todos los bejaranos que conozco. Como seguramente me trasladaré de un sitio a otro como lo hace un perro perdido en un pueblo -aquí me echo, allí orino, acá pico algo-, dejaré que el calor agosteño marque la ruta. Puede que Plasencia, por cercanía, sea la estación intermedia, aunque sus restos judíos son mínimos, prácticamente inexistentes. Se hace necesario echarle imaginación para recrear siquiera algunos detalles de lo que pudo ser el ajetreo diario de aquellos judíos que, residentes desde el siglo X, fueron robados y expulsados del lugar, su sinagoga por dos veces destruida. Es curioso observar cómo en todo el territorio nacional los restos romanos y, por supuesto, árabes han sido mantenidos perfectamente restaurados y remozados y documentados. Todo lo contrario que, desde la prudente y anecdótica reserva, ha ocurrido y ocurre con los restos judíos, que fueron abandonados en la esperanza de que el tiempo los borrase definitivamente de la memoria. Indicativos de la saña con que desde los primeros reyes cristianos ha sido tratado todo lo judío, sea material o humano, son las innumerables inscripciones y otros vestigios gráficos que han sufrido graves deterioros, no por efecto del sol, agua y viento, ni de la molicie del material, sino por malintencionadas manos.
Sin razón de continuidad, seguramente con el tiempo justo de tomar un vaso de vino para acompañar a un trozo de queso y pan, cruzaré el Puente Trujillo, sobre el Río Jerte, para retomar la rimbombante Ruta Europea del Patrimonio Judío, Ruta de las Juderías de España, para dirigirme a Cáceres, en busca de su Barrio Judío, el viejo, donde ofrecen un caserío, viejo, sí, pero de no más allá del siglo XVIII, ya que sus casas están adosadas a las murallas y sabido es que las defensas no perdieron su utilidad hasta ese siglo. Luego bajaré hasta la Plaza Mayor, donde dicen que hubo unas casas de judíos y hasta una sinagoga y que las guías turísticas denominan Judería Nueva. Nada.
Sin que lo que me ocurre año tras año sirva de escarmiento, comienzo a descorazonarme, ya antes de salir. Vengo a caer en que, realmente, el patrimonio arqueológico judío –me resisto a escribirlo con mayúsculas- es escaso, y lo que queda ha sido vilmente maltratado (Cementerio judío y Sinagoga Mayor de Sevilla, Sinagoga de Jaén, Calls de Barcelona y Palma) o sencillamente destruido o mal transformado. Por más vueltas que se le dé, ya se sabe, Girona, Hervás, Toledo y alguna más.
Haim.
