
CUANDO AL HUÉRFANO TIENEN QUE ALEGRAR, CIELOS Y TIERRAS TIENEN QUE YORAR. Refrán sefaradí.
¿Quién decidió el ingreso en Israel de 300.000 ciudadanos de la ex-UdRSS y al amparo de qué ley? Quien quiera que fuese, ¿lo hizo pensando que todos, los t-r-e-s-c-i-e-n-t-o-s mil, iban a hacer la conversión? Son certeras las palabras “Vecorev pezurein m´bein hagoyim”, mórbidas, ilusionantes, pero esta expresión, que traducida dice “Que todos los dispersos entre las naciones sean aquí concentrados” ¿se refiere a los dispersos judíos, no judíos o conversos? Es de suponer que han de referirse a los judíos dispersos por las guerras, a los judíos descarriados por las consecuencias de las guerras, y a los conversos, dispersos y descarriados por las guerras soterradas. Mi todavía importante ignorancia no llega a encajar en la escena a ningún disperso no judío.
Ni aun considerando con bondad que tanto ruso se encuentre a las puertas de la Casa, dejo de plantearme el por qué y el para qué de las prisas tomadas, de las facilidades ofrecidas. Era conocido que las comunidades judías en las ex repúblicas soviéticas las estaban pasando canutas, como ocurriera durante su Dictadura. Sus miembros, en tanto que judíos, seguían sufriendo de calamidades sin nombre, y había que buscarles acomodo, era obligado acogerlos en la Tierra Sagrada. No obstante, adrede o por falta de previsión, cautela, cuidado o prudencia, por el portón semicerrado o casi abierto se coló mucho guijarro de aluvión, siendo este un elemento importante de preocupaciones. Y a execrables hechos ocurridos me remito
Según Menahem Porush, los judíos no deben callar, y sí hacer todos los esfuerzos necesarios para rectificar esta situación. Es alarmante, y en ello le doy la razón, que esta clase de población sea la que colme Israel, la que disipe los temores de un futuro conflicto demográfico. Pero, si alarmante es la situación, no menos lo fueron sus palabras en el sentido de que no vale el silencio ante las intenciones del gobierno de facilitarles a los no judíos la conversión al judaísmo. ¿Qué hacer con ellos entonces, para qué traerlos? Visto de lejos, allende las fronteras, desde hace algunos años el tema de las conversiones está peligrosamente mezclado con la política y, peor aún, con los políticos de turno.
Durante un tiempo, por falta de atención, prisas y desconocimiento, mantuve el criterio de que el proceso para el guiur debería ser corto, cortísimo, rápido, rapidísimo. Ansiaba que el dedo que presionó el mando del Big-Bang rozase la frente de los bnei anusim, ungiéndolos de ciencia infusa. Ahora me siento ridículo. Empiezo a comprender que la paciencia es importante. Y el tesón. Entiendo que el asunto no es buscar atajos ni caminos de cabra, pero tampoco prohibirle al “muamad leguiur” colgar la mezuzá en su casa, por ejemplo. Tengo la seguridad de que todo ha de ser mucho más fácil, sin tensiones, suave…
Refiriéndose a la autoidentificación (sin ella entiendo que no puede haber conversión), Darío Sztajnszrajber dice: “Sentirse judío es sentirse parte de una huella que nos narra y que nos empuja a construir nuestros propios relatos”, porque “La vida fluye más rápido que las formas”.
Haim.
