
POR ENDRIVA PENDONES, POR DE DEBASHO CAGAJONES. Refrán sefaradí.
El modo de vida judío es uno a la hora de reconocer y paladear los momentos significativos de la existencia, desde el nacimiento a la muerte, de un misterio a otro misterio. El modo de vida judío no hubiera sido posible en el tiempo sin un hogar, sin una familia como cofre receptor de ritos, compilador de costumbres y emisor de identidad. El hogar judío ha sido considerado como el frutal túrgido y ubérrimo que ha protegido y enriquecido las costumbres, manteniendo incólumes sus esencias, transmitiéndolas a través de los hijos. Del amor a los hijos, a los niños, del regalo divino que supone su llegada a un hogar judío no hay razones que dar: son un don de D”s y como tal se disfrutan, porque son esperados y bienvenidos.
Pero no siempre las circunstancias de la vida se presentan idílicamente. A veces, lo que de inicio se celebró como un feliz acontecimiento, como un embarazo, se tuerce de manera irreparable hacia la desgracia, incluso hacia la toma de decisiones ingratas, hasta abominables. Puede ocurrir que el feto alegremente anunciado se convierta en un elemento agresor, hasta el punto de poner en grave peligro la salud de la madre que lo porta. ¿Qué hacer? ¿Qué determinación tomar sin transgredir la Ley Judía? ¿Qué se entiende por “salud”? Según la tradición judía el embrión no es considerado persona y, aunque el aborto está empíricamente prohibido, la salud en peligro de la madre aconseja un aborto terapéutico. Más frecuentemente aceptado está el concepto “salud personal” considerándolo tanto cuestión física como psicológica, habiendo rabinos que la consideran incluso económica. Como es fácilmente deducible, dentro del judaísmo no hay una postura establecida al respecto: hay diferentes opiniones entre los movimientos, dentro de cada movimiento, en las sinagogas y hasta los corrillos en los zaguanes de las sinagogas.
Tradicionalmente, el judaísmo ha considerado que la gestación de un ser pasa por distintas fases, hay un proceso en la aparición de la vida. El nivel más alto para ser considerado un ser humano común es cuando un niño nace y pasa un mes de vida, dice el Rabino Sacca. Según la interpretación rabínica, la persona tiene identidad como tal no en el momento de la concepción, sino en el alumbramiento. Hasta ese instante, añade, el feto es parte de la madre, sin identidad propia. De la misma manera que, según definió Aristóteles, una bellota no es un roble; puede llegar a serlo, pero en ese momento no lo es. La dependencia entre ambos desaparece tras el alumbramiento, cuando la criatura, de la mano de D”s, se transforma de “poder ser” en “ser”. Con todo, en Israel existe una ley que permite el aborto en casos de violación, incesto, incluso adulterio. También lo permite en los casos en que el feto sufra deformaciones. En Israel, si una mujer desea o tiene necesidad de abortar, deberá acudir a un hospital, donde un comité ético estudiará su caso y dictaminará. Así vemos que en Israel se ha legislado sobre aborto, orillando créditos religiosos.
Pero, al margen del judaísmo, existen al respecto voces en otras geografías, agrias voces; feroces campañas de acusaciones y desprestigio. Bajo el ámbito católico, el aborto no genera debate, no se sujeta a matices ni puntualizaciones. Desde el punto y hora que en sus filas se mantiene el criterio de que hay vida humana desde la concepción, todo argumento queda excluido. Frente a la prudencia y pluralidad judía, la tradición católica, basada en la supuesta infalibilidad de un Papa, de un solo hombre, de cuyo cuestionamiento o negación hacen “casus belli”, se nos presenta en fundamentalista posición.
Haim.
