
PALAVRADA Y PIEDRADA NO ATORNAN ATRÁS. Refrán sefaradí.
“El Señor nuestro D”s nos habló en Hreb, diciendo: Bastante habéis permanecido en este monte. Volveos. Partid e id a la región montañosa de los amorreos, y a todos sus vecinos en el Arabá, en la región montañosa, en el Neguev, y por la costa del mar, la tierra de los cananeos y el Líbano, hasta el gran río, el río Eufrates. Mirad, he puesto la tierra delante de vosotros. Entrad y tomad posesión de la tierra que juré dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob y a su descendencia…”
No hubo lectura ni grabación a pie de micro, tampoco taquígrafos, siendo dudoso que las aún chisporroteantes Tablas, en medio del estruendo originado por la tormenta seca, zambullese a las tribus presentes en algún estado cognitivo capaz de leer y asimilar instantáneamente su contenido. Más lógico sería pensar que el conocimiento de todo signo gráfico, lógico y transmisible, permaneció durante muchos años lejos del pueblo hebreo, y que fueron estas palabras, la voz de Moshé, primer Gran Chazán de Israel, sabedor él del enorme poder que la oración contiene, las que materializaron el colectivo estado de ánimo necesario para la comprensión de aquellos hechos. Fueron innecesarios los traductores porque el mensaje se hizo nítido merced a la fuerza de las palabras. La energía liberada por ellas cambió el mundo.
Recientemente he leído que parte del ADN humano, el noventa por ciento, es ADN chatarra, porque no está programado para fabricar proteínas, y muchos científicos se dedican a investigar a partir del otro diez por ciento. Pero, sorprendentemente, otros científicos han descubierto en ese ADN residual una inimaginable capacidad para almacenar información y que esa parte del código genético sigue las mis pautas de los lenguajes humanos, de todos los lenguajes humanos, y que sigue una gramática regular, con reglas fijas. Lo que viene a decir que los lenguajes humanos tampoco fueron apareciendo en la tierra casualmente, sino gracias a un mecanismo cuyo funcionamiento es reflejo de esa dinámica genética y uno de los científicos resume como una biblioteca que en lugar de guardar libros, miles, millones de libros, sólo guarda el alfabeto común a todos los libros. Cuando una persona solicita la información de un libro, dice, el alfabeto común reúne todo lo contenido en sus páginas y nos lo pone a nuestra disposición. Sencillamente: Esa biblioteca estaría fuera de nuestros cuerpos, en algún lugar del cosmos, y el ADN estaría en permanente contacto con ella. Como quiera que sea explicada, estos científicos han bajado a la arena, a la bulla diaria, la posibilidad de que las palabras, determinadas palabras con determinadas frecuencias, pueden influir sobre el ADN.
Es de imaginar la confusión, el guirigay que en los congregados producirían los tremendos rayos y truenos de las nubes rojizas que acompañaban a Moshé en su bajada del monte, el murmullo expectante de esa gente nada más levantar el gran Iniciador su brazo derecho; un punto decepcionada al comprobar que toda su esperanza se traducían a unas lascas de granito o pizarra. Y el silencio consiguiente, previo a las palabras que suponían importantes, únicas. Escucharon la voz de Moisés hablando en hebreo y no en cualquier otra de las lenguas semíticas, que ya eran jerigonza. Las palabras fluyeron rotundas, sin posibilidad de consideraciones ni de ser rebatidas, con cadencia y tono medido, directas al corazón de aquel pueblo aún tosco, simple y polvoriento. Ese pueblo, ese lugar, ese momento eran las elegidos para recibir el decálogo y ser cumplido, sin nada que quitar ni rectificar. Moshé sabía que sus palabras quedaban grabadas en lo más profundo de cada individuo, transformando la muchedumbre que llegó a los pies del Sinaí formando aglomeración, tropel, gentío, plebe, turba, en una nación con la conciencia de que ese decálogo lo recibía para su debido cumplimiento.
Llegado a este punto de discernimiento, si yo afirmase que Moshé era consciente de que sus palabras, por encima de la zalagarda circundante, estaban influyendo sobre el ADN de su pueblo, ¿quién se atrevería a llevarme la contraria?
Haim.
