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El Gin-Tonic.

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SI QUIERES BIVIR SANO, FASTE VIEJO TEMPRANO. Refrán sefaradí.

El verano suele ser época de remembranzas. Más cuando faltan ideas que exponer, historias que escribir o chistes que contar. Aún más si se tienen las fuerzas agotadas por el ir y venir de la licorera al congelador. Cuando el calor aprieta de verdad, ya puede uno ser un genio de las letras que con la sesera licuada por la temperatura y el alcohol no hay quien pegue puntada, aunque algunos sin ser genios, ni mucho menos, lo intentan y, claro, a borbotones surgen las tonterías en mescolanza con los chispazos del tío listo y fácil en el regate. Es lo que le ha ocurrido al en algunas ocasiones admirado Manuel Vicent. Vicent es un escritor y gacetillero gracioso y fácil de leer que en las columnas cortas se luce, pero cuando tiene que estirar la idea y cubrirla de buena pelleja desentona algo. Una lástima.


Resulta que, según dice este hombre en su refugio de El País, ha estado varias veces en Jerusalem –así, con “m” final, lo escribe y se le agradece- por motivos periodísticos. Siempre hospedándose en el King David, que no es mala fonda para un reportero. Sus experimentadas pupilas, desde el mismo instante en que se aposentó, observaron los tejes y manejes de los que él apoda plutócratas judíos en los salones del hotel y “peregrinos de alto nivel llegados desde Norteamérica”. Anotación ésta muy perspicaz tratándose de un hotel de lujo, puesto que lo realmente curioso y digno de nombrar hubiera sido encontrarse allí a unos beduinos paseando por las mullidas alfombras. De buena hora captó cómo para estar a la altura del hotel había que ser discreto, sentarse con corrección en el vestíbulo –una pierna lánguida sobre la otra apuntalada-, llamar al camarero de manera casi imperceptible y, a pesar de tanta discreción, interpretar los rumores, sin interés periodístico, como charlas de negocios. Así, también observó inteligentemente que, como era “la fiesta del sábado” y “allí se seguía la ortodoxia estricta”, los ascensores permanecían siempre abiertos, subían y bajaban, parando en cada planta merced a una célula fotoeléctrica. La observancia religiosa llegaba a ese extremo de rigor, añade en una exhibición de coña, rematando la parrafada con una artería propia del medio al que sirve, informando que el hotel fue durante el Mandato Británico cuartel militar, siendo volado por terroristas judíos que luego recibirían el Premio Nobel de la Paz. Es justo al llegar aquí cuando me doy verdadera cuenta de que estoy leyendo a Manuel Vicent en El País, y que tal vez por ello los “plutócratas” y los “peregrinos” venidos de allende los mares no eran científicos judíos asistentes a una convención, o premios Nobel judíos reunidos para unas jornadas de trabajo. No, Don Manuel, no. No es que esté usted equivocado, es que miente. Menachem Begin recibió el Premio Nobel de la Paz en 1978 conjuntamente con Muhamad Al-Sadat en reconocimiento al acuerdo de Paz suscrito por ambos en Camp David.


Pero ni aún el King David, confiesa, está a la altura de su sentido de la vida. Bendito él que posee ese refinamiento. Hasta que otro corresponsal de El País, apiadado de él, lo rescató llevándolo de la mano al Hotel American Colony, que sí encajaba ya con sus sensibles gustos, instalándolo nada menos que en la “habitación del pachá”, de cuyo aposento resalta únicamente que tenía que andar más de cincuenta pasos para llegar al cuarto de baño. Muy interesante y reseñable. Tanto como que en este hotel de súper lujo, antiguo palacio que “lo adquirió un matrimonio de misioneros para ayudar a familias pobres judías y a los beduinos a lo largo del río Jordán, pero sin hacer apostolado, viviendo en comunidad como los primeros cristianos”, levantó Lawrence de Arabia alguno de los siete pilares de la sabiduría.


Desde esa misma habitación de pachá siguió, dice él, la retirada israelí de Hebrón, de la que sólo destaca que en la tumba de los patriarcas -se refiere a la Tumba de los Patriarcas; de Adán y Eva, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, y Yacov y Lía- hubo un conato de balacera debido a la negativa de los colonos a abandonar sus hogares, mientras uno de ellos se rasgaba las vestiduras. No hubo, en su opinión, nada más reseñable, ni en su génesis, ni en su epílogo. Obvio, puesto que era huérfano de lo que debe ser preceptivo para un corresponsal: cultura local, conocimiento del medio. Si hubiese tomado las debidas precauciones, en su cuaderno de campo habría tomado debida nota de que la parcela en cuestión tiene una primera escritura de propiedad a favor de Abraham, quien la adquirió junto a todos los árboles que había en todos sus contornos por cuatrocientos siclos de plata a Efrón, hijo de Zohar, y donde Abraham sepultó a Sara, su esposa, en la cueva de Macpela, al oriente de Mamre (Hebrón).


En el jardín, bajo las palmeras, trasegando gin-tonics, imaginando que había vivido una aventura, pensó que era el sitio idóneo para respirar la historia de árabes y de judíos, de reunirlos, “como un oasis al margen de las luchas intestinas”. Frases preñadas de ignorancia o maldad, puesto que es de todos sabido que en Oriente Próximo las luchas intestinas son los cólicos y dolores de tripa o las matanzas inter-musulmanes.


Personalmente creo que viajar hasta Jerusalem para escribir naderías flotando entre efluvios de gin-tonics, merece cárcel.


Haim.



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