
EL QUE QUIERE ARROVAR LA MESHQUITA, SE PREPARA EL KILÍF.Refrán sefaradí.
Tengo la fotografía ante los ojos y mi estado de ánimo revolotea sin orden ni concierto, en un tartamudeo sin sonido, como un rabo de cabra. Salta del malhumor a la risa en segundos ante la noticia. Las risas me las produce esa foto con esos personajes zancajosos, el moro Musa (Abdelacif Musa), mellado, tres dientes despuntados y colmillos de jabalí, tras unos desafiantes “Soldados de alá” que empuñan sendos fusiles de asalto, embuchados en bolsillos con explosivos, patiabiertos como muñecos, el moro Musa, itero, sermoneando al personal que estuviese presente, todos escenificando la misma imagen a la que nos tienen acostumbrados Hamás, Hizbolá, Al Qaeda y otros. La mosqueante información sobre dicho acto cultural, nos la ofrece El País con un escrupuloso cuidado en disimular su gravedad. Pasa por las decenas de muertos y heridos como de puntillas y se refiere al episodio más como una acción policial que como un enfrentamiento entre dos grupos fundamentalistas. “Las balas se llevaron también por delante la vida de un miembro de Hamás, de seis policías y de dos menores”, según fuentes médicas y del ministerio del interior. Según los “Soldados de alá”, por boca del moro Musa (Abdelacif Musa), antes de tragarse sus tres dientes y medio kilo de plomo, la cosa no es tan suave: “Declaramos el nuevo nacimiento de un emirato islámico. Quien derrame nuestra sangre verá su sangre derramada y quien convierta en huérfanos a nuestros hijos, verá cómo sus hijos se convierten en huérfanos”. No cabe duda de que es todo un estimulante ejemplo de hermandad y fraternidad.
Hamás en su ciego odio a Israel, llenó su cesto de huevos y se le está poblando el corral de víboras. Este es un fenómeno que no es nuevo. Yo diría que las matanzas habidas en Gaza entre Hamás, Fatah y Soldados de alá son capítulos de una Historia interminable, de una compleja e inextricable guerra civil en el Islam, que comenzó hace catorce siglos. Una guerra civil que es permanente y siempre violenta: suníes contra chiíes; tiranos seculares contra fundamentalistas; árabes contra bereberes; árabes contra palestinos y éstos contra árabes, contra palestinos más o menos cercanos a Mahoma; siempre alimentada desde las madrassas, mediante la enseñanza de obediencia ciega a unos dogmas que no permiten el menor germen de pensamiento crítico, que preconizan por encima de todo el odio irracional al contrario, al otro, al diferente, al progreso, a lo occidental…, al judío.
Se sigue manteniendo el criterio, sobre todo desde la izquierda gris y despersonalizada, de que en las sociedades musulmanas la democracia no se puede imponer con las armas. Puede no ser necesaria ni conveniente una disputa al respecto, pero es esclarecedor que los islamistas no piensen, ni por asomo, que en el posible y futuro estado palestino, el poder les pueda llegar por otra vía que no sea la democrática. Si Israel hubiese sido barrido por las huestes musulmanas en 1948, otro gallo cantaría. Y ello a pesar de que son conscientes de una previsible victoria. De hecho, Hamás, que nunca estuvo por la democratización en la zona llamada Palestina, cuando mínimamente se puso en práctica el sistema mediante unas someras elecciones, ellos fueron los principales beneficiarios por aquello de que en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Hamás creó una sociedad paralela en la creencia de que la sociedad islámica es global y, por lo tanto, abarca la actividad social, la económica y la política. Se introdujo en el pueblo palestino a través de las lagunas dejadas por la ANP, suavizando sus estrecheces administrando las ayudas internacionales y colocando a su gente sectaria y adoctrinada en los puestos claves: maestros, funcionarios sanitarios, administrativos y policías.
Dice George Chaya que el sectarismo que pregona y simboliza Hamás es más peligroso que el terrorismo materialmente hablando. El terrorismo reclama un tratamiento policial, militar y judicial. El radicalismo de Hamás se sirve de la retórica para alimentar el odio generacional entre sus ciudadanos adoctrinándolos para la destrucción del Estado de Israel, es engañosamente populista y coquetea con la demagogia. Con tales elementos, construye una sociedad paralela que mina y socava la propia sociedad palestina despojando a los ciudadanos de sus derechos y convirtiéndolos en “nada”.
Haim.
