
VEDRÁ PARA TI, MINTIRA PARA MÍ. Refrán sefaradí.
Albiac, me dijeron, ha salido de La Razón y fichado por ABC. Ya hace meses. Y qué más da, pensé yo, si lo verdaderamente importante es el contenido y no el continente, porque si hay que comprar el ABC para leer a Gabriel Albiac, se compra. Lo que él vaya a decir, lo dirá, ya sea en La Razón, ABC o el Mundo Obrero. La cuestión es que lo publiquen, porque este filósofo, escritor y columnista ha dado evidentes muestras de adaptabilidad, tanto en el terreno de la filosofía como del análisis político. Y no me refiero a la adaptabilidad al medio, a los vientos o a las circunstancias, sino a su propio ritmo intelectual. Albiac es el único pensador que, declarado espinozista, es capaz de reírse de la condición humana, empezando por sí mismo, sin intentar comprender a los humanos. Tal vez porque entonces no tendría gracia.
Hubo un tiempo, publicaba entonces sus cosas en El Mundo, en el que se granjeó antipatías por doquier. Más por la propia incomprensión, que él favorecía con sus palabras, que por la virulencia de su acento, que era mucha. Precisamente es recordar esa época lo que más sarpullido provoca en los yijadistas y, por el contrario, más gratamente muestra al Albiac cercano, al Gabriel cómplice en la defensa de Israel. Ya antes, los monolíticos de la izquierda falsa, la no evolutiva, la que no admite relectura, y la derecha pura y dura, lo tildaban de progre filósofo postmoderno. Era una forma de reconocer la propia ignorancia.
De la época de El Mundo, fundamentalmente columnista y comprometedora, hay una serie de artículos en los que, agrupados bajo el título de Monoteísmos, Albiac se complace en, como desde el fundamentalismo religioso han definido, “denunciar al monoteísmo como la más perversa de las ideologías”. Chocaba a esta gente tan claramente alineada y alienada que Albiac denunciara virulentamente a los monoteísmos mientras mantenía una actitud nítidamente pro-judía. He constatado al respecto que ninguno de sus detractores ha sabido discernir cuál de los vectores, dirigidos por el filósofo para provocar al menos un destello interrogante, era la saeta que agredía al empecinamiento. Lo que Gabriel Albiac define como monoteísmo, con una extraña finura estilística por cierto, es la conversión del Ateísmo en una especie de religión y es la mundanización de D”s por motivos ideológicos por parte del Islam y el Cristianismo y su utilización como ariete contra la dignidad de las personas, en un proceso de transformación de las conciencias. Asimismo, incluye en tal definición algunas ideas políticas que hicieron de la retórica y con la retórica dogmas incuestionables, axiomas con los que redujeron la condición humana al más minúsculo de los estratos. Es el caso del Nazismo y del Comunismo estatalizado. Todos ellos son los “monoteísmos” contra los que Albiac arremete.
De raza le viene al galgo y parece que a este Albiac erudito le enseñan los dientes por todos lados, debido a que está de vuelta cuando los otros van, porque fue marxista, comunista y, como tal, antisocialista; siempre proisraelí. Nunca le importaron las formas ni los medios, sino lo que decía, lo que quería decir. He leído que ahora es liberal, conservador y de orden. Así, sin matizaciones, no me lo creo. Si matizamos, vemos que liberal es librepensador, conservador quien tiene valores para no dilapidar y de orden, sí, el orden del ácrata. Siempre proisraelí, sí. Ahí nos hemos encontrado siempre. Y, como muestra, un botón: “Yenín acababa de ser tomado, tras un breve y duro asedio. Y toda-toda-la opinión pública española hablaba de genocidio, por aquellos días. Primero fue la loca comparación de Yenín con Auschwitz. Los más moderados sólo condescendían hasta igualarlo al ghetto de Varsovia. Era un deber moral no ceder a su pesada interferencia. Ni siquiera a la –infinitamente más pesada- del afecto hacia los amigos perdidos. Fui –fuimos, los pocos que desertamos del armónico coro de lo establecido- un canalla sionista, un asesino sádico de niños palestinos, un racista sanguinario, un notorio agente a sueldo del Mosad y de la CIA…Fui todo lo que, en algún momento, leí que habían sido todos los que, en instantes infinitamente más duros que los míos, decidieron romper con la mortal fantasmagoría estaliniana, entre los años veinte y los cuarenta. Escribí. No por capricho. Ni siquiera por preferencia o afecto: yo ya no tengo afectos en política –lo digo sin alegría alguna; los tuve; no los añoro; ni me arrepiento de ellos-. Lo escribí por respeto a la lógica, que es algo por encima de cualquier deseo. Y por respeto a los hechos. Lo escribí porque no hay más deber moral de aquel que escribe que el de no mentir nunca, que el de no mentirse nunca. Y jamás tomar en cuenta el precio que no mentir, que no mentirse, acarree” (pág. 140 de Diccionario de adioses. G.Albiac. Seix Barral). Este ha sido y es su compromiso.
Desde mi modestia he coincidido siempre con él en las posiciones, maximalistas si se quiere, respecto a la defensa de Israel y el Judaísmo. Ambos nos seguimos considerando de izquierda, aunque ambos rechazamos la izquierda partidista, esa izquierda huérfana de valores que unió a su anti-judaísmo ya programático una islamofilia pretenciosa y huera; esa izquierda despersonalizada que, sin proyecto político, sin proyecto económico, sólo ha encontrado una coincidencia en su odio a lo occidental: el Islam. Ignoran esos náufragos políticos que en cualquiera de las teocracias que veneran, ellos ya habrían sufrido el peso de la sharía.
Haim.
