nav-left cat-right
cat-right

LA AMISTAD, COMO TEOFANÍA VIVIDA.

dartagnan-musketeers-2

LA AMISTAD, COMO TEOFANÍA VIVIDA.

“El amigo que no sierve, el cutchiyo que no corta, que se piedran poco importa”


“¿Quieres ver al amigo?: O cuando estás en precio, o cuando estás hazino”


“Amistá no provada, no es amistá ni es nada”


Tres refranes sefardíes.

Siempre, cuando he conversado sobre la amistad de manera genérica o personalizada, los contertulios me han apabullado con citas bíblicas, rabínicas o, sencillamente, recitando alguna de las 613 mizvot. Ocurre así porque tanto este como cualquier otro tema fundamental para mi crecimiento espiritual no lo discuto, comparto o desarrollo con gente no judía. Ante las dudas, “Ama a tu prójimo como a ti mismo” es el principio más comúnmente utilizado. También es el que más me abruma, porque, me pregunto, ¿Amar a mi prójimo por un mandato u obligación? También y en función de que, si algo voy aprendiendo, sé que en la Torá no hay palabras hueras, me debato en buscar una explicación al añadido del mandato: “…como a ti mismo”, sin perder de vista el resto del versículo 19:18 del Levítico: “No te vengues ni guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy D”s”. He llegado a comprender que el amor al prójimo es algo que se espera de mí y no debe depender del propio coyuntural estado de ánimo, puesto que el prójimo y yo formamos parte de la misma unidad, somos hermanos. Pero, de este prójimo colectivo al que he llegado a amar en virtud de un mandamiento y que la misma Torá me refiere como amigo, ¿cómo y por qué escojo a uno o dos y los amo especialmente, viendo en ellos especiales virtudes? Los distingo en mi alma llamándoles “amigo”, aun cuando la Torá generalice el término.


Paralelamente, creo que la amistad unilateral no existe. No puede existir, porque la relación amistosa es algo que se construye entre varias personas y es compartida en común. Desde la reciprocidad debe ser profunda y desinteresada. Nace de la confianza y se mantiene con el afecto. Se hace imprescindible, pues, que las personas implicadas deseen crear ese vínculo. Y ahora caigo: La Torá se refiere a nuestro prójimo como amigo y D”s es el vínculo. “Yo soy D”s”: El amigo común.


Pero la amistad no es algo inmutable o estático. La cotidianidad hará que la relación se afiance o, por el contrario, se relaje. Una conversación, una mirada, un equívoco, una experiencia en común, ser o no ser del mismo sexo, son hechos o situaciones que redefinirán permanentemente el estatus amistoso, perfeccionándolo. Los cambios personales, al ser compartidos merced a la confianza mutua, afianzarán el vínculo. Ni la distancia en el tiempo ni la lejanía geográfica crearán la sensación de abandono; siempre se sentirán cerca. Ocurre porque los amigos, esos con los que se comparten objetivos, opiniones e ideales, siempre buscarán la forma de mantener el contacto. Esto, que es complicidad y sintonía, fortalecerá el hermanamiento, clarificando el concepto “prójimo” del que nos habla la Torá. Esto es complicidad, pura y simple complicidad entre el prójimo -el amigo-, tú y D”s. Siendo todo lo contrario del egoísmo, la amistad es entrega y búsqueda. Buscamos la verdad en el amigo, puesto que verdad, fidelidad, firmeza, fe, son expresiones que van concatenadas. Buscamos a D”s.


Haim.



Comments are closed.