
BIEN DE LOS CIELOS, MALES DE LA TIERRA. Refrán sefaradí.
A lo largo de varios siglos fue la única vía semi-estable de comunicación entre la ciudad, Sevilla, y las tierras altas del Aljarafe, pasando por el arrabal de Triana. Construido en 1171 por orden de Abu Yacub Yusuf, el de las cien cabalgaduras, con barcazas reforzadas con troncos de pinos de Alcalá, unidas entre sí con fuertes garfios de hierro y con las proas encarando el río para ofrecer menos resistencia, se constituyó en el precario pero imprescindible cordón umbilical que unió para siempre ambas orillas sevillanas. El mismo río lo sustentaba con sus aguas lentas, de corrientes gruesas como lenguas de bóvidos y de cuyo lento deslizar lo reservaban unos anclajes tirados al fondo. El tránsito a tierra firme, de por sí dificultoso, se efectuaba sobre plataformas flotantes de tablones de aparadura encastrados entre pellejas hinchadas. Estas plataformas estaban endentadas en malecones de hormigón de cal, uno en la orilla trianera y la cabecera en el Arenal, cerca de las Atarazanas. Hablamos del Puente de Barcas, que en algunos momentos de su dilatada existencia vio colapsado su trasiego, debido al crecimiento demográfico constante del arrabal y del comercio con el Aljarafe. Fue con la construcción en concreto y piedras de un nuevo puente, entrado ya el siglo XIX, cuando las barcazas del puente viejo fueron arrinconadas en un pequeño muelle de la orilla trianera, sirviendo desde entonces y durante años de acomodo y cobijo a pedigüeños y gente marginal. La humedad y la falta de cuidados hicieron el resto.
A Hasekura Rokuemon Tsunenaga, mientras caminaba por ellos comprobando su solidez, nadie le informó que aquellos mismos tablones habían sido y eran todavía el camino involuntario de ida y vuelta para muchos cientos de judíos condenados a la hoguera, sentenciados por frailes de la misma especie de los que en su lejano Japón le convencieron para engrosar las filas del cristianismo militante. Hasekura Rokuemon Tsunenaga, arcabucero de oficio, prosélito franciscano y embajador para el mundo del señor de Sendai, ignoraba tales extremos; nadie le informó al respecto, puesto que a los neófitos cristianos no se les instruía sobre los elevados y delicados oficios que los padres de la Iglesia practicaban entre misión y misión, a retaguardia de las grandes conquistas, de las grandes y espontáneas conversiones a punta de cuchillo. Mientras caminaba hacia el convento de san Pablo el Real, Sede Inquisitorial dominica, sobre un piso de cantos rodados, Tsunenaga, una vez dejada atrás la sucia arena de los orillados aledaños del Guadalquivir, pudo comprobar, tanto a la ida como a la vuelta, que la miseria reinaba por doquier. Constató que, al igual que en los alrededores de la cabecera del Puente de Barcas y del convento la gente pululaba y el griterío era insoportable, al otro lado del río, en el inmenso otero arenoso donde embestía el malecón, extrañamente el personal era escaso. El fraile franciscano que le acompañaba y servía de intérprete le aconsejó seguir la marcha hasta el carromato que les esperaba, puesto que ya custodiaba él la carta franca que les abriría el paso hacia la Corte, penúltimo objetivo de su embajada.
Tsunenaga permaneció largo rato de pie. Con sus gruesos ropajes brillando al sol, contemplando la inquietante silueta del Castillo de San Jorge a través de la polvareda formada por las ráfagas del viento levante. Aunque el cuerpo del edificio se erguía unos metros más atrás, alejándose del cauce del río, justo en el mismo altozano un portón almenado defendía el Castillo, sobre cuyo frontispicio resaltaban unos caracteres latinos que el japonés rogó copiar al fraile para llevarlo de vuelta como recuerdo: “SANCTUM INQUISITIONIS OFFICIUM CONTRA HERETICORUM PRAVITATEM IN HISPANIS REGNIS INITIATUM EST HISPALI, ANNO MCCCCLXXXI, SEDENTE IN TRONO APOSTOLICO SIXTO IV, A QUO FUIT CONCESSUM, ET REGNANTIBUS IN HISPANIA FERDINANDO V ET ELISABET, A QUIBUS FUIT IMPRECATUM. GENERALIS INQUISITOR PRIMUS FUIT FRATES THOMAS DE TORQUEMADA, PRIOR CONVENTUS SANCTAE CRUCIS SEGOVIENSIS, ORDINIS PREDICATORUM. FAXIT DEUS UT, IN FIDEI TUTELAM ET AUGMENTUM, IN FINEM USQUE SAECULI PERMANEAT, …EXURGE, DOMINE, JUDICA CAUSAM TUAM. CAPITE NOBIS VULPES” Ajeno estaba el embajador del significado de aquellas palabras. Como ajeno estaba a que tras aquellos muros, que un día fueron defensa de mahometanos, tal vez justo en aquellos momentos algunas criaturas de D”s gemían de dolor.
El Castillo de San Jorge, hoy transformado en mercado de viandas y en capillita para piadosas ancianas, fue mandado construir por Fernando Valdés, Cardenal de Sevilla, Inquisidor General de España, sobre una antigua fortaleza bereber, y destinado a las tareas de subsede de la principal, san Pablo el Real, a fin de aliviar sus grandes cargas de trabajo. Posteriormente fue restándole significación a la sede matriz, convirtiéndose sus instalaciones, especialmente el conjunto de sus veintitantas cárceles separadas e independientes unas de otras, en verdadera antesala del Averno. Cuentan que era tal su espeluznante fama que los reos cubiertos de cadenas, cuando eran llevados allí por el Puente de Barcas, lanzaban alaridos de terror nada más ser visible su silueta. Esta universidad de la tortura fue calificada por la misma Santa Inquisición como “antros del horror, de la hediondez y de la soledad” El camino de vuelta no era para los condenados tan placentero como para Tsunenega fue el suyo. El camino de vuelta por el Puente tenía para todos los reos, indefectiblemente, un mismo destino: el quemadero. Dependiendo de si había habido riada o no, la tétrica comitiva se dirigía a los terrenos de Tablada, san Diego, o el más cercano de la Alameda.
Tsunenaga y su séquito desapareció de la historia sevillana, dejando varios conciudadanos suyos en Coria del Río, embarazando doncellas. Dicen que el fracaso de su embajada ante el Papa Pablo V fue debido a que osó preguntarle ingenuamente el por qué de tanta maldad inquisitorial y, ante la inicial y displicente evasiva pontifical, añadir a través del intérprete oficial, el Doctor Escipión Amati, unas palabras del Papa Sixto IV, entresacadas de la carta que envió a Fernando de Aragón quejándose de los abusos de los inquisidores: “Proceden sin observar ningún orden de derecho, encarcelan a muchos injustamente, les someten a duros tormentos, les declaran herejes y expolian los bienes de los que han matado”.
Haim.
