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Resolución 1701

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NO TE LO DIGO, NI TE MALDIGO; GUAY DE LA NEGRA HORA QUE TE LO DIGO. Refrán sefaradí.

Por sus éxitos en los despachos de diferentes cancillerías, de donde les llueven palmaditas en la espalda y millones de euros en las cuentas corrientes, y por su constante y estudiada aparición en los telediarios, el ciudadano medio sólo conoce la existencia de dos organizaciones terroristas, cuales son Hezbolá y Hamás. Su cercanía a los llamados territorios palestinos, con el rítmico hostigamiento a Israel, les hace ocupar un lugar preferente en las agendas de aquellos cancilleres y sus malmandados, quienes se han convertido en sus principales y asiduos visitantes. D”s nos cría a los humanos y ellos se juntan en monipodio. Pero en el ámbito de la cruenta guerra civil islámica que en algunas ocasiones he mencionado, existen grupos y grupúsculos que, con manejos terroristas, centran su actividad en eliminar, incluso, a sus correligionarios más cercanos. Diversificados en diferentes escenarios, estos ortópteros utilizan los mandatos coránicos como utilizan sus élitros, para tapar su propia ignorancia. Todo lo ha querido alá, todo está escrito por Mahoma, y su rebufo les llega a ellos, estén donde estén, en forma de halitosis. Las interpretaciones, por malignas que sean, no alcanzarán nunca a la execración del texto.

En la galería de organizaciones terroristas musulmanas aparecen representantes de las diversas, muchas, facciones que conforman el inconcluso puzle de seguidores de Mahoma. De entre ellas destaca, no por conocimiento de sus fechorías y atrocidades, que son innumerables, sino porque sus actividades no han saltado a las cabeceras de noticias, o se ha hecho referencia a ellas de forma escueta y como de soslayo. Me refiero concretamente a un grupo que se autodenomina “Houthis”, (seguidores de Badreddhim al-Houthi), que mantiene con el Gobierno de Yemen un pulso armado por la conquista del poder y restaurar el imanato Zaidi. Sus tácticas son la consabida guerrilla contra las tropas regulares y el terror contra la población civil. Pertenecen a la minoría chiita en el mundo musulmán y como tal movilizada por las consignas iraníes, de cuyo régimen se suministra bélica y económicamente. Esta lucha por el poder, que es cíclica, y que en ocasiones ha adquirido tintes de especial atrocidad, ha ocasionado en los últimos cuatro años el forzoso desplazamiento de doscientos mil yemeníes y más de dos mil muertos.

Yemen, con sus veinte millones de habitantes, cincuenta por ciento suníes, cuarenta y nueve por ciento chiíes, y un uno por ciento de judíos y otros minúsculos colectivos, es un territorio al sur de Arabia, frente al cuerno de África. De raza árabe, sus habitantes han sido tradicionalmente tolerantes con las minorías religiosas y étnicas. En la actualidad, superado el periodo de inestabilidad tribal y de los señoríos, Yemen se ha convertido en unos de los objetivos prioritarios de Teherán, que ha movilizado al chiismo contra Arabia Saudí, a quien no dudan en zaherir con esporádicas refriegas fronterizas, y contra la escasísima población judía. Los pogromos contra las aldeas judías del Yemen por parte de los terroristas de Hounthis no son relatados en la prensa occidental, no son noticia para los reporteros, quienes no escatiman frases para describir cómo les cuelgan los mocos a los niños de Gaza y les pican las moscas en el desnudo pinganillo. Irán utiliza en Yemen el terrorismo de los Hounthis como lo hace en Líbano con Hezbollah, y Hamás en Gaza. Ha de concedérsele la razón al Presidente Obama: no existe un Eje del Mal. Pero sí existe un Frente del Mal, liderado por Irán, que, no se nos olvide, ha tiempo inició su invasión de Occidente, ante el entumecimiento y la aturdida mirada de EEUU y Europa, los guiños de Rusia y el regocijo de China.

Llegan noticias sobre el secuestro de varios soldados de Saud por parte de los terroristas de Houthis. Se habría producido tras una incursión en territorio de Arabia, quien en su respuesta dicen que ocasionó la aniquilación de decenas de houthis. Llama la atención la coincidencia del modus operandi de los diferentes grupos terroristas en nómina al servicio de los ayatolás. Idénticas son las acciones que llevan a cabo, bien sea en Israel, Irak o la frontera árabe yemení.

Irán, a la vista está, lleva ventaja en esta sucia guerra contra Israel, en concreto, y contra los países árabes moderados. Por mucho que Jerusalén esté constantemente ojo avizor, hasta tanto los aliados no tomen en consideración la real amenaza del Islam, siempre se encontrará a la espera del próximo golpe terrorista; no habrá forma de anticiparse: sin la vacuna apropiada no se erradicará el mal. En espera de la consecución de su programa militar nuclear, la pretensión ayatolá es debilitar y distraer a las fuerzas israelíes en pequeños rifirrafes, unas veces fronterizos y otras internos, que nunca le darán la plena satisfacción de la victoria, siempre en entredicho, y sí cantidades ingentes de acíbar. Mala prensa internacional y broncas en los foros y, para consumo interno, la pelea antisionista de las o-ene-gés y movimientos pacifistas israelíes. Como resultado de todo ello la imagen pesimista de Israel, al igual que ocurriera con los sefardíes en la España ultracatólica, con el sambenito puesto. No son gratuitas estas palabras. En caso de duda y a modo de ejemplos, recuérdense las operaciones militares contra Hezbolláh en Líbano y contra Hamás en Gaza. ¿Qué resultados proporcionaron? Incompletas por las presiones externas y pantanosas por las calumnias, mala prensa, mala fe e incomprensión occidental, ambas guerras no servirán, de seguro, como modelo en las academias militares ni las diplomáticas.

Con el informe Goldstone profusamente fotocopiado y distribuido, nadie en París, Moscú, Washington, Madrid, Beijing o Londres, recuerda ya que hubo una Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU que responsabilizaba explícitamente a Hezbollah por las víctimas habidas, israelíes y libanesas, e instaba a la liberación inmediata e incondicional de los soldados israelíes secuestrados, así como el cumplimiento por parte de los moros, inútil e insistentemente reclamado por Israel, de las resoluciones 1559 y 1680, que los obligaba a desarmar a Hezbollah y a terminar con el tráfico a armas hacia los terroristas. Lo que, sencillamente, podría y debería haberse publicado como una clara victoria diplomática israelí, se omitió adrede por los gobiernos y prensa internacional, facilitando su olvido y ostracismo. Nadie en París, Moscú, Washington, Madrid, Beijing o Londres recuerda ya, si es que alguna vez se supo, los miles de cohetes que Hamás disparó sobre territorio judío, sobre Israel.

Ya digo, Ahmadinejad con su taller atómico, trompicando en corrales propios y extraños, la ONU dilucidando si son churras o son merinas, Obama en busca de la eterna felicidad, el informe del mal judío Goldstone por resolver, y nosotros con estos pelos sin cepillar.

Haim.



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