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Ateísmo.

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PARA NADA, MÁS VALE AGUA. Refrán sefaradí.

Con la excusa o intención de reivindicar el Ateísmo, se publicó el pasado día 24 de noviembre un libro titulado, ¡cómo no!, “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. El carácter refluyente del título ya nos alerta sobre la verdadera, por no decir única, intención de su entrega al público lector: vender; lo que no es criticable. Hay que buscarse el pan como cada uno pueda. Pero ello no obsta para que manifieste la otra idea que me viene al teclado: También pretende mejorar en la vida el estafador o el que adultera alimentos, y sin embargo delinquen. Aunque en la sociedad actual pudiera parecer lo contrario, no todo es lícito.


“Las religiones” no es una expresión válida, por difusa. Es una definición que los ateístas comenzaron a utilizar habitual y coloquialmente en los foros y debates en los que se trataba de arreglar el mundo que no había quedado arreglado con la segunda gran guerra. Las religiones eran entonces para los contertulios, y pretenden que sigan siendo, un calificativo, una especie de cajón de sastre donde se colocaban todas aquellas ideas o creencias con pretensiones de resaltar el carácter trascendente de los seres humanos. Tras el conflicto bélico, para los ateístas quedaba el mundo dividido en tres partes: el Consumismo relativo, el Comunismo relativo y la papelera, también relativa, donde habían colocado las religiones, todas las religiones. Entre este encasillamiento del concepto y la segunda crisis económica del siglo, nos dicen los autores del libro, se produjo un resurgimiento de los que “combatían contra una moral laica y un mundo sin D”s”, que habían sido sus morales instigadores. Es decir, que salieron de la papelera, aleteando alarmados por las contradicciones de las otras dos partes en que se había dividido al mundo. Ni el Consumismo, relativo, era la panacea, ni el único comunismo visible era Comunismo. Aquél no era sino una artimaña más del Capitalismo salvaje y éste no era más que una Dictadura soviética. Ambos, comederos de moscas mientras tuvieron vigencia y, cada uno, referente inexcusable para hedonistas y nihilistas. Ni el Consumismo para unos pocos millones era la panacea, porque se alejaba de los falsos objetivos de la felicidad para todos a través del disfrute material, ni el Comunismo soviético lo fue, porque aquel ilusionante germen devino en monstruo exterminador de varias generaciones.


Se acepta por extensión que “las religiones” consideran sus textos sagrados como la expresión literal de una Verdad Absoluta inspirada por Dios. No se acepta, sin embargo, que a fin de reforzar los ateos sus propias convicciones, o, a fuer de sincero, su propia falta de convicciones, confundan la actividad militante de los elementos constitutivos de unas religiones –católicos y musulmanes- en pro de “conseguir que tanto la vida social como la política respondan a esas verdades inmutables y eternas”, con el trato familiar de los judíos para con D”s y el especial interés en el cumplimiento de su Ley. En su conmiseración, no se olvidó D”s de los gentiles. Unos básicos mandamientos, un mundo para disfrutar y el libre albedrío para discernir dónde está el bien y dónde el mal. Para afirmar que sólo en D”s hay respuestas seguras, los judíos se remiten a los hechos, al trajín del ser humano en su existencia, de cuyos errores el Pueblo Judío ha sufrido lo suyo. Y ello precisamente porque en él, en el Pueblo Judío, no se hace exclusión por motivos familiares ni sociales. Anda muy lejos el rezo comunitario y el modo de vida judío del colectivismo que denuncian los autores del libro. En su malhumor editorial, en el contrasentido que exponen, osan recriminar el efecto cohesionador de las convicciones religiosas, del trato con D”s en las relaciones de las personas y el efecto diluyente de las diferencias. Y es ahí donde radica el equívoco del libro: en su falta de perspectiva. No todos los colectivos espirituales son religiones, ni las religiones son todas iguales. El Judaísmo es un Pacto, un compromiso directo de los judíos, todos iguales, con D”s. Si alguno se cree por encima o al margen, allá él.


La escasez de elementos críticos en las argumentaciones ateas dan al traste con su propia estructura negacionista, confundiendo ateísmo con laicismo. Abundan en ellas las afirmaciones vacías de contenido y preguntas sin derroteros. Son huecos del pensamiento, ateo por supuesto, que se rellenan con frivolidades y latiguillos. En este caso que comentamos, los autores del libro hacen una apología del mismo en las páginas de un diario, que titulan “D”s no es inocente”. En su despropósito se alejan frase a frase, palabra por palabra, del núcleo de sus propias creencias. Porque no niegan la existencia de D”s, que debería ser el chispazo primigenio y único que los justifique como grupo, academia, ente filosófico, tertulia, foro, religión…Sí, religión. Por lo que parece, se trata de ocupar el espacio físico de éstas. No dicen resueltamente “D”s no existe”, sino que añaden a la frase un indeterminado “probablemente”. Escriben en grandes letras “Dios no es inocente”, de lo que se deduce que si no es inocente, es culpable y, si es culpable, existe. Otra cuestión es discernir de qué es culpable D”s y en qué grado.


Instalados ya en la evidente sinrazón de negar la existencia de un reo del que se ignora el delito supuestamente cometido y, mucho cuidado, la identidad de la víctima, si la hubo, nos adentramos en los desnudados anatemas ateos, que también los tienen. Insistiendo indiscriminadamente en englobar bajo un mismo concepto a todo ser espiritual, pretenden avergonzar a los creyentes de “las religiones” tildándolos de “nostálgicos del pasado”, de potenciar un “igualitarismo de derechas”, de estar “firmemente en contra del aborto y la homosexualidad, del mantenimiento de la familia tradicional y de la erradicación de las escuelas del darwinismo y cualquier otra interpretación del mundo ajena o contraria a los textos sagrados”, y se preguntan, paradójicamente, por qué se mantienen aún hoy las religiones en la conciencia de los seres humanos. Y es que en su relativismo (reiterativo error) no captan los dos motivos fundamentales por los que, aún hoy, el Ateísmo no ha conseguido que sus teorías sean aceptadas mayoritariamente. Primero: No argumenta para demostrar la inexistencia de D”s, sino para desarmar la logística que sostiene a los credos católicos y musulmán y su capacidad de propaganda y de presión político-social en sus respectivos ámbitos de influencia. El Ateísmo académico en realidad no existe, y el de salón, cuando se hace callejero, se convierte en anticlericalismo. Segundo: La calle, el ciudadano de a pie, a pesar de los méritos contraídos por las teocracias que en el mundo son y han sido, no culpa a D”s por los mil millones de personas desesperantemente pobres que existen o del analfabetismo imperante.


Es evidente que la familia debería ser un semillero de personas religiosas. No en vano constituye el medio más inmediato y creíble para los neonatos en la transmisión de valores y tradiciones. En el caso del Judaísmo, es aquí, en este claustro, donde se diseña al ser humano trascendente, con una íntima vida espiritual y moral diáfanas, capacitándose para formar parte de una comunidad que lo integrará en su relación con D”s, siendo éste su único objetivo. Pretender ignorar que la vida de la persona judía, en el cumplimiento de sus obligaciones religiosas, se circunscribe a este rol y que es bajo esta luz como la persona judía se relaciona con el resto del mundo, son ganas de ponerles puertas al viento o, lo que es lo mismo, engañar al prójimo afirmando que es “una de las religiones”.


Salvadas las distancias y pese a todo lo dicho, no se es ajeno a que existen y han existido determinadas creencias religiosas con afanes imperialistas, constituidas más como ideologías expansionistas de dominación y sustentadas por conceptos y retales de otras. En un perfecto ejercicio de sincretismo, sus componentes fueron clérigos-soldados, clérigos-viajeros, clérigos-ecónomos, clérigos-políticos,… Por tanto, hasta cierto punto parece lógico que les surgiera un nuevo competidor: el Ateísmo.


B”H.

Haim.



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