
QUIEN NO PETCHA CON ISRAEL, PECA CON ISMAEL.
Refrán sefaradí.
No es tema de mi gusto tratar el mundo, el ambiente, las peripecias de la izquierda al margen de lo que ello afecte a Israel o a los judíos, lo que por desgracia ocurre más veces de las deseadas. Aunque esa izquierda de la que con propiedad podemos hablar hoy no se parece en nada a la de antaño, salvo en lo que al anti-judaísmo se refiere, es conveniente zarandearla de vez en cuando a fin de oxigenar, al menos mínimamente, sus anquilosados y erróneos argumentos. Sé que con ambos conceptos -judaísmo e izquierda- me ocurre como a la hoja de árbol sobre las aguas de un río: puede girar y girar indefinidamente hasta definitivamente ser engullida por un remolino. Pero es mi condición, y me resisto a no tratar de aclarar el contrasentido.
El buen conocedor no ignora que, por principio, el marxismo filosófico es alérgico a la religión, a la que califica como opio del pueblo. En virtud de tal supuesto, haciendo bandera de él, el marxismo militante -que difiere un abismo del filosófico y es el que en realidad traemos aquí- utiliza el ateísmo dialéctico en sus antis disuasorios. Haciendo buena la definición de Vladimir Ilich Lenin, ¡hace ya casi un siglo!, calificando esta actitud como “infantilismo de izquierda”, las acciones y los postulados ultras de los comunistas de partido y sus émulos, los socialistas de partido, se acercan mucho a la “religión laica” definida por Gramsci. No hay más que ver sus peripecias en los últimos decenios en lo que se refiere a su alineamiento con los países y grupos islamistas, para comprender que, alejados de sus fundamentos primigenios, su concepción religiosa de la política les lleva a una rara simbiosis con el mahometismo. La asunción indiscriminada de las tesis yihadistas les lleva a exhibir en algunas de sus sedes y muchas de sus convocatorias y manifestaciones eslóganes islamistas y tétricas imágenes de terroristas, dictadores y teócratas. Con esta deriva, con este aventurerismo discursivo, para ellos se acabó la unidad internacionalista de los trabajadores. De hecho, en cada una de las circunstancias que por los diferentes conflictos mundiales estos partidos han debido definir su posicionamiento, los análisis esgrimidos están muy alejados de la realidad de los hechos y suelen rematar en consignas huecas o preñadas de papanatismo.
Se hace difícil entender que el apoyo ofrecido por todos los partidos de izquierda a las organizaciones terroristas musulmanas ocurra desde la ignorancia de su génesis, desarrollo y objetivo último. Sólo tiene su explicación desde un visceral anti-judaísmo, puesto que, desde su simpleza, la izquierda genérica sigue identificando al judío como un opresor, como el sádico e insatisfecho capitalista de las etiquetas. En el lado opuesto han colocado a la víctima por antonomasia del judío explotador: el musulmán, pobre y desprotegido, que no desarrolla sus potencialidades porque el judío se lo impide con su cruel omnipresencia. El terrorismo, pues, no sería más que la reacción a esta circunstancia. Simple, muy simple: Una iglesia totalitaria buscando el amparo de otra iglesia totalitaria. Una iglesia totalitaria -el único comunismo triunfante conocido- a la búsqueda de sus propios fantasmas. De aquel inmenso aparato de terror sólo quedaron los fantasmas, el desconcierto y una recopilación de consignas, entre las que se encuentran las concernientes a los judíos. Lo demás es precisamente el comunismo nonato, dispuesto, empaquetado, con los iconos repintados, listo para colocar en la más impensable de las casillas de correos.
Haim
