
QUIEN POCO KAVÓ TIENE, TODO AMOSTRA. Refrán sefaradí.
Por la médula espinal corría su esencia envenenada. La maldad surgía de él por la misma piel; emanaba ruindad. Declamando sus propios poemas, el alma escrofulosa flotaba sobre el Etna en erupción, envuelta en nubes de azufre. Thomas Stearns Eliot. Americano frustrado. Anglo-católico. Premio Nobel de Literatura en 1948. De él, aun a riesgo de ser tildado de zoquete sureño, de seguir remando contra corriente, he de reconocer que nunca me gustaron sus obras. Ni “La tierra baldía”, ni “Cuatro cuartetos”, ni “Los hombres huecos”, ni “Miércoles de ceniza”, ni los “Poemas de Ariel”, ni las epístolas que le he leído, ni sus sentencias o frases sueltas han generado en mí una sensación especial, salvo un malestar físico parecido a la sensación que produce el mal olor. Creo que me quedé como lector suyo en una extraña posición de regocijo al comprobar que la impresión causada como autor coincidía con la provocada como ser humano. Pido permiso para decir que sus razonamientos políticos y racistas eran repugnantes. Sus apologistas han querido dulcificar su desastroso paso por la vida resaltando las dificultades que tuvo que sortear. Afortunadamente, de los 120 años transcurridos desde su nacimiento, no todos los ha pasado con nosotros. En mala hora mi memoria ha regurgitado algunas lecturas de la juventud.
La obra de Eliot, terminada y firmada, paradójicamente quedó tan inconclusa que aún se siguen editando libros y libros epistolarios que poco a poco van desentrañando la mescolanza de ideas en las que sus escritos se debaten. Su narcisismo le llevó a dejar en sus cartas más mensaje que en las obras publicadas.
Su vida social no fue más que una gusanera. Homosexual polifacético, su íntima cercanía al grupo Bloomsbury propició la huida de su esposa Vivien, quien paralelamente mantenía amores con Bertrand Rusell, lo cual la convertía también esposa-rival, debido a que Rusell y Eliot se favorecían mutuamente.
Su vida política, marcada por las amistades, se limitó al coqueteo con el fascismo. Según Anthony Julius, Eliot “era capaz de poner su arte al servicio de su antisemitismo”. Su sintonía con Charles Maurras, del que dijo: “La mayoría de los conceptos que pudieron haberme atraído del fascismo, los encontré en su forma más digerible en la obra de Charles Maurras”, la amistad y afinidad con Ezra Pound, política y literaria, pulió sus convicciones más reaccionarias y anti-judías, osando impartir varias conferencias en su repudiada Norteamérica natal, conferencias posteriormente publicadas bajo el título “Después de los dioses extraños”, en las que diseminó pensamientos tales como “La población debe ser homogénea””Cuando dos o más culturas existen en el mismo lugar, lo más probable es que se vuelvan ferozmente conscientes de sí mismas, o bien, que ellas resulten adulteradas. Lo que es aún más importante es la unidad del contexto religioso, y las razones de la raza y religión se combinan de manera tal que se vuelva indeseable un gran número de judíos libre-pensadores”. El hecho de que esas palabras fueran pronunciadas precisamente en el mismo año en que Adolf Hitler conquistó el poder (1933), da idea de la proximidad moral e intelectual de ambos personajes. Algunos de los protectores de su memoria, de la teoría de “su no-antisemitismo”, no han sabido o querido batirse por sus argumentos ante la lectura de uno de los poemas: “…./rodillas dobladas y colgantes/la flexión en los codos, las palmas hacia arriba/Semita vienés de Chicago/ojos prominentes sin brillo/Miradas que ven desde la baba protozoica…” En cualquier caso, y permitiéndoles a esos aplaudidores un ligero escarceo por la duda, es cosa sabida que las indefiniciones de los supuestos indefinidos en la indefinida Europa, en el indefinido mundo, posibilitó que la indefinidamente culta Alemania elevase a sus indefinidamente católicos altares al Hitler nacional-socialista, al Hitler de la Shoá.
(El mundo de Eliot, dijo alguien, como el de la gnosis, es un reino de tinieblas, caído y abyecto. Sin embargo, a diferencia del universo gnóstico, la tierra muerta de la civilización occidental -habitada por enfermos y ratas, cables y basura- tendría la esperanza de salvarse por una suerte de retorno a las fuerzas arcaicas, a los elementos primordiales, a la naturaleza divinizada que en la obra poética de Eliot siempre subyace a la herrumbrosa heráldica de la fe cristiana).
Haim.
