
SI VIENE EL BIEN, PARA BIEN QUE SEA. Refrán sefaradí.
Yerra quien osa relacionar íntimamente la literatura que construye George Steiner con la que en su día dejó escrita Eliot. No son muchos, pero mantienen que arrebujar la literatura con la cultura, ésta con los valores, y éstos con D”s (que son tesoro en la obra de Steiner), proponen una similitud de estilos y de intenciones que los embarca, a Steiner y Eliot, en la misma tradición. Nada más lejos de la realidad, nada de homenajes subliminales, ni en títulos, subtítulos o texto, pues es incongruente plantear, siquiera de manera teórica, tal paralelismo. Sería manejar en los mismos supuestos el judaísmo de Steiner y el anti-judaísmo de Eliot, el moralismo judío de Steiner y el espíritu bucanero de Eliot. Mientras que en Steiner vemos cómo desde el mismo instante en que inicia las obras, su despliegue de cuestiones es básicamente judío y muestra indefectible y, como dice Hobson, casi obsesivamente, los sinsabores y tragedias que han venido acompañando al Pueblo Judío a lo largo de su existencia. Steiner, que nació en París en 1929, emigrante en EEUU, ciudadano del mundo, nos acompaña constantemente al encuentro de las grandes preguntas: ¿El anti-judaísmo es cultural y repetitivo o es formalmente odio? ¿Por qué se extendió tan rápida y ferozmente en Europa? Para quien se ha recreado en la obra “steineriana”, las respuestas a estas preguntas son fáciles de encontrar. El cristianismo (amor-odio con D”s; con D”s, judío y reclamante de lo imposible, vuelve a referir Hobson), fue al mismo tiempo el generador y el efecto acelerador de esa locura llamada anti-judaísmo. Llega a decir en algún momento en alguna de sus entrevistas que, al exterminar a los judíos, la cultura europea intentaba erradicar a los que habían “inventado” a D”s
Lejos están ya los éxitos de “La muerte de la tragedia”, “Lenguaje y Silencio”, “En el castillo de Barbazul” y “Presencias reales”, a través de las cuales proclamaba en cierto modo la imposibilidad de que la literatura pueda mejorar a sus lectores; si acaso, embellecerlos. Steiner, traductor exquisito y clarificador de textos, políglota, incorpora el lenguaje al grupo de sus claramente expuestas preocupaciones. Con “Después de Babel” pretende sintetizar todo cuanto ha ido instruyendo en su obra sobre los dominios de la traducción, comunicación y magisterio, especialmente en lo que respecta al lenguaje y su relación con la literatura y la religión. Es consciente, y así lo deja dicho (Gramática de la Creación), de la irrupción de la ciencia y la tecnología en el pensamiento de la civilización occidental, sustituyendo al arte y a la literatura, con su consiguiente desesperanza en el alma del hombre moderno. Así, da detalle, contempla desde su peculiar ironía cómo las religiones tradicionales han ido siendo sustituidas por los mitos creados por la filosofía política de Marx, cultos orientales y algún que otro método ocultista, al objeto de ofrecer un antídoto contra la universal desilusión y crisis de sentido (falta de valores) en los hombres (Nostalgia del absoluto). Este moderno judío errante, con toda su carga moral, que pasea en su nostálgico caminar por el mundo, ha asumido esta falta de ilusión, haciendo suyo el compromiso de diseccionarla. Cada éxito le lleva al íntimo sufrimiento de saber que es uno de los supervivientes. En el transcurso de una entrevista concedida a los medios españoles, dijo: “Voy a decirle algo: es posible, solamente posible, que todos aquellos países que asesinaron o expulsaron a los judíos jamás logren recuperarse plenamente, jamás vuelvan a ser culturalmente importantes”
Precisamente es en la para mí verdadera obra de ficción de Steiner, “El traslado de A.H. a San Cristóbal”, donde se desarrolla una conversación entre Adolf Hitler y sus captores israelíes en la selva amazónica brasileña, cuando se evidencia en mayor grado su honestidad intelectual. Reconoce que, aunque no deja de intentarlo, su nostalgia nunca trocará en esperanza. Por ello, haciendo honor a esa honestidad, levantando el dedo, finaliza la entrevista diciendo: “…uno intenta plantearse las cuestiones esenciales; ése es, por otra parte, el fin de la práctica judía: interrogarse, reconocerse a menudo culpable e intentar ser un peregrino de la vida”. Dan que pensar estas hermosas palabras.
Haim.
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