
A LA MUERTE TODOS SON UNOS. Refrán sefaradí.
A la gresca andan los elementos de la descafeinada izquierda española con los familiares vivos de Federico García Lorca. El motivo son los huesos del poeta, enterrados -que no sepultados- por sus asesinos, supuestamente en los alrededores de Alfacar o Víznar, no sé. Al calor de la pelotera, y con más ánimos que éxito, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y los familiares de los asesinados por la represión franquista, esgrimen las carencias legales y la dejación de las administraciones públicas para sacar del olvido a sus muertos, mezclándose recuerdos y reparación, enterramientos e investigación del genocidio. A tal extremo y con el fin de no tensar excesivamente la ya tirante cuerda, esta Asociación manifiesta medrosamente que las denuncias presentadas no pretenden perseguir a los responsables, sino reparar a las familias y permitirles localizar a sus muertos, cuando, a mi criterio, ése debería ser precisamente el motor de las mismas.
En el caso concreto de los restos de Federico García Lorca, parece ser que no han aparecido donde algunos decían que estaban. Pero este contratiempo ni ha tranquilizado a los sobrinos del poeta, que no llegaron a conocer, ni desanimado a la montonera. Azuzan los de la izquierda folclórica para que se siga excavando, sin especificar dónde, ni escatimar gastos. Algunos de los que atosigan a la Junta de Andalucía para que siga financiando excavaciones por doquier son los que clamaban contra el excesivo costo que ocasionaban las sucesivas búsquedas del cuerpo de Marta del Castillo, la chica sevillana asesinada hará ahora un año. Postura coherente, no cabe duda, con la altura moral que manejan. Con los restos de Lorca encontrados habría posibilidad de lucimiento personal en corrimiento de cortinas en la lápida, peregrinaciones, fotografías, recordatorios florales, pomposos discursos. Olvida esta gente de la izquierda de carnaval y palco procesional que la muerte de Federico García Lorca fue tan indigna como la de los otros fusilados que se acompañaron mutuamente en la fatídica caminata -Dióscoro Galindo, Francisco Galadí, Joaquín Arcollas, Fermín Roldán y Miguel Cobo-, y como la de los otros miles de republicanos cuyos huesos se suponen bajo tierra en las 284 fosas comunes existentes en España. Y ese es el mensaje que, entiendo yo, tratan de enviar los familiares del poeta al solicitar la no identificación de sus huesos en el caso de ser encontrados.
Haim.
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