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Tristeza infinita.

CB064076

EL AMOJADO NO SE ESPANTA DE LA LUVIA. Refrán sefaradí.

“Había una vez un judío muy rico, que vivía en una gran mansión, grandes jardines, piscinas, caballos y mucho lujo. Sin embargo, este hombre, como muchos otros judíos, tenía un problema: no se sentía feliz. A pesar de tener mucha fortuna sentía que le faltaba algo. No estaba contento con lo que tenía ni, lo que es peor, consigo mismo. En su caserón trabajaba un hombre, judío también, que siempre estaba alegre, realizaba sus tareas con placer y en su rostro se dibujaba una sempiterna sonrisa. El judío rico se preguntaba siempre cómo podía ser que un hombre así, tan pobre y con un trabajo tan humilde, se sintiera feliz. Muy extrañado, comentó el asunto con uno de sus amigos:

-”No entiendo cómo este obrero, con el escaso jornal que le doy, puede sentirse feliz. Nunca está enojado.”

“Lo que sucede, amigo mío, es que este hombre aún no pertenece al “grupo del 999″; es por esto que él es feliz”, contestó el amigo.

- “¿Y qué es el “grupo del 999″?

- “Te lo voy a demostrar” - dijo el amigo - “Esta noche, cuando el obrero llegue a su casa, dejaremos en su puerta un saco con 999 monedas de oro. El resto y más interesante lo comprobarás por tu cuenta.”

Y así sucedió. Por la noche, cuando el trabajador se encontraba en su humilde casita del jardín, feliz con su familia, el judío rico y su amigo golpearon en la puerta del judío pobre y dejaron en el suelo el saco con las 999 monedas. Rápidamente se escondieron y observaron todo lo que sucedía.

El hombre abrió la puerta y miró a un lado y a otro sin ver a nadie. Sin embargo, encontró en el suelo un saco que parecía no tener dueño. Lo recogió del suelo y la metió en casa. Junto a su mujer y a sus hijos comenzó a abrirla, muy extra­ñado. Al ver el contenido, comenzó a llorar de alegría. ¡Un saco con monedas de oro! ¡Qué bien le venía este regalo! A partir de ese momento no tendrían más preocupaciones, su familia tendría de todo, irían de paseo a diario, sin necesidad de trabajar.

Pero en ese momento decidió contar las monedas, para saber a cuánto ascendía su fortuna. Y comenzó con la cuenta: una, dos, tres,… novecientos noventa y ocho, novecientos noventa y nueve…

El hombre dio un salto, furioso. No podía creer lo que estaba pasando.

“¡Falta una moneda!” - comenzó a gritar. - “¡Alguien se llevó mi moneda!”

“En este preciso instante este judío acaba de entrar en el Grupo del 999″, le dijo en voz baja el amigo al judío rico. “Observa como la expresión de su cara ha cambiado”, continuó, “La eterna sonrisa se le transformó en una mueca, y la sensación de felicidad desapareció”.

A partir de ese instante y a lo largo de los meses siguientes, el judío pobre ya no sonreía ni era amable con la gente.

Un buen día, el judío rico le preguntó por qué andaba siempre con aquella expresión tan triste en su cara.

“¿Y qué cree usted, que debo andar siempre contento?” – respondió el interpelado. -”Yo no soy su bufón. Me limito a hacer mi trabajo y por eso me paga, pero no puede obligarme a estar alegre.”

Frente a esta contestación tan soez, el judío rico se ofendió mucho, comprendiendo lo que significaba pertenecer al Grupo del 999. Aquel pobre judío viviría el resto de su vida creyendo que le faltaba una moneda para ser feliz. Y él, judío rico, con tantos recursos y tanto prestigio, viviría de la misma manera, creyendo que siempre le faltaría algo para sentirse completamente feliz.

Una sola moneda, una simple moneda regalada y recibida, marcará la diferencia entre la felicidad y la infelicidad.”

Esta historia que acabo de contar, seguramente añeja y secular, me la refirieron siendo yo pequeñito, cuando uno aún se esfuerza en poner en aprietos a sus mayores con preguntas impertinentes. Su mensaje es de tal profundidad que resulta perfectamente aplicable a cualquier tipo de situaciones donde la condición humana sea la protagonista, para bien o para mal. Así lo hago yo.

Ahora, cuando acabo de leer un trabajo, uno más de tantos y tantos que proliferan en los medios impresos y digitales, relativo a la rápida y supuesta extinción de los judíos de la Diáspora, y sus consecuencias -graves, negativas- sobre y para Israel, he vuelto a rememorar las peripecias del judío rico y del judío pobre.

Reiteradamente se hace mención a la Ley del Vientre como argumento utilizado también por una buena parte de las comunidades judías del mundo para reseñar la exclusión de muchas personas, dejándolas fuera del judaísmo, contribuyendo con ello a la gradual desaparición del Pueblo Judío. Lo que ni sátrapas, reyes católicos, idólatras, nazis o terroristas han conseguido, puede lograrlo la inacción intencionada o la pasiva. Se hacen números, se hacen cuentas, y todos coinciden en que, en la Diáspora, los 2 judíos de cada cien que en los años veinte del siglo pasado se casaban con no judíos se han multiplicado, siendo 67 en 2009. Por las leyes de la Estadística, se ha de convenir que en un plazo no mayor de 20 años, noventa de cada cien judíos no residentes se casarán con parejas gentiles. Sus hijos serán, cuando más, hijos mixtos que se alejarán del judaísmo, si es que en algún momento puedan haber estado cerca, dada la presión que habrán tenido que soportar desde las propias comunidades locales, con su discriminación, o desde su entorno estudiantil o laboral, con su poder de asimilación. Esta asimilación será la salsa donde cuezan su espiritualidad estos judíos partidos por la mitad.

Muchos autores, la mayoría de los por mí leídos, no se recatan en señalar como parte del problema a la oficialidad de la Ley del Vientre, apoyada por el gobierno israelí y aún en vigor, aunque se oyen voces desde ese mismo gobierno indicativas de que se van a tomar medidas al respecto, antes de que el peligro para la continuidad de las comunidades judías del mundo sea inevitable. Aunque entiendo yo que este problema trasciende la capacidad política, se le considera ya asunto de Estado y con tal carácter, ¡Oh; sorpresa!, se recrudecen las campañas en contra de esos matrimonios mixtos, sin buscar su acercamiento, ni propiciando una política de integración de esos “judíos no judíos” en busca de un kilómetro cero o de un “nunca más”. Por añadidura, este es un asunto del que se da poca o ninguna información, con lo que se mantiene en el pegajoso lodazal de la ignorancia a cuantos judíos de padre, de opción, de camino equivocado, hay alrededor del mundo. En medio de tanta subjetividad, éstos sólo entienden que si muchos de ellos hubiesen nacido antes del siglo X, ellos serían miembros de pleno derecho de alguna comunidad. En estas circunstancias, proclaman una fácil solución: Reconocimiento como judíos a quienes sean hijos de padre y madre judíos, madre judía o padre judío, y propiciar el acercamiento de quienes, precisamente por la falta de este reconocimiento, se hallen en situación de desamparo, alejado del Pueblo de D-s, atolondrado en su exilio religioso

Estos judíos, rencos y tullidos en su identidad, consideran que es ElQueEstáSobreTodasLasCosas quien posee y usa a su divino criterio ese elemento diferenciador del que tanto se habla y tantos se atribuyen en exclusiva y que fue otorgado a los testigos presenciales de la entrega de la Ley, pero del que también fueron beneficiadas millones y millones de almas por llegar, pero que ya estaban en la Voluntad Divina. Esas características especiales no pueden depender de una “casualidad”, sino que son elementos que sobrepasan la condición humana.

Haim.

http://haimfer.blogspot.com/



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