
TOMA ESTE HUEVO Y ÉTCHALO A LA OYA. Refrán sefaradí.
Sí, lo he visto. Y oído. Aunque ya tenía conocimiento de su contenido, escuchar las expresiones en italiano de ese individuo, actual Papa católico, con sus formas melifluas, astutas, feminoides; con sus ojos de brujilla como mirando desde una grieta en la pared; con sus manos, dedos y uñas de clarisa; como digo, escucharlo me ha repugnado profundamente, y vanos han sido los intentos de referirme a él durante unos días. Cierto. Es un video de escasos 40 segundos de duración, rescatado de un documental de History Channel y disponible en “Youtube”, a lo largo del que se desarrolla una entrevista al Papa cuando era el Cardenal Joseph Ratzinger, haciendo manifestaciones tales como: “La Inquisición fue un gran progreso”.
Hasta que la Curia romana lo designó Papa Benedicto XVI, revistiéndolo de canesús, faldones y enaguas caladas y almidonadas, finas medias blancas y delicados zapatos de color carmesí, Ratzinger ha sido muchas cosas, todas de carácter fundamentalista y dentro de sistemas totalitarios. No han de extrañar pues sus declaraciones a favor del anti-judaísmo. Su simpatía por la judeofobia medieval le ha favorecido el bucle existencial: panegíricos libros sobre el Santo Oficio cristiano, Mein Kampf hitleriano, organizaciones juveniles integradas en las SS nazis, oscuras y saturnales actividades en seminarios de la Iglesia, hasta llegar nuevamente a su añorado Santo Oficio, en la nueva versión como Congregación para la Doctrina de la Fe. A lo largo de este su periplo, sus alias han sido “Cardenal Panzer”, “Gran Inquisidor”, “Rottweiler de dios”, “El reforzador del dogma”. Para casi todo tuvo explicaciones en esta entrevista y, lo que es aún peor, justificaciones. Se regodea en su alias de Gran Inquisidor, manifestando impúdicamente que es “definición histórica, por referirse a una época que entendió muy bien el concepto de Justicia. Nosotros intentamos seguir el camino de la continuidad, aplicando los métodos de aquella época” “Siendo criticable a la luz del actual concepto de Justicia, - continúa- la Inquisición fue un progreso porque desde entonces nadie podía ser condenado sin una investigación. En aquella época, en definitiva, se tenía presente el concepto de Justicia”.
¡Cuántas coincidencias entre la Inquisición y el Nazismo, y no sólo en sus prácticas, sino también y principalmente en sus argumentos y autocomplacencia!
En su fatuidad, el Gran Inquisidor se refiere a “su justicia” como el inevitable lugar común de las relaciones humanas a nivel universal. La Justicia entendida como yugo en poder de un dogma, desde cuyo prisma toda idea o creencia equidistante o ajena, con el Judaísmo como principal objetivo, se consideraba herejía merecedora de ser “ajusticiada”; la justicia de los cristianos, primero, y de los católicos o vaticanistas, después, fue esa “justicia” de la que habla Ratzinger, del mismo modo que, tal y como refiere Gottfried Feder en su prefacio al Programa del Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP): “…Se excluye toda otra solución del problema judío que no sea la de nuestro Programa. Porque todas las restantes supuestas soluciones se fundan exclusivamente -como lo pretendió uno de sus nobles ideólogos, el Káiser José II- en que los judíos pueden ser “mejorados en su calidad de ciudadanos” y encuadrados como elemento homogéneo en la comunidad del pueblo, vale decir, que la conducta de los mismos puede ser modificada. Esto es un error. Un conjunto de tales características raciales no puede ser modificado. La expresión de Goethe vale aquí: “Así debes ser tú. No puedes huir de ti mismo.” No quisiera que el presente estudio fuera considerado como definitivo. El problema judío requiere aún ser examinado desde los más diversos ángulos. Por ello, hemos planeado para un futuro no muy lejano, volver a tratarlo de manera exhaustiva e integral. (Por lo demás, remitimos a nuestros camaradas a los fascículos de la Biblioteca Nacionalsocialista que se ocupan de aspectos particulares de esta materia: Política Mundial Francmasónica, de Alfred Rosemberg -nº 9- y La Prensa como fuerza coercitiva de Judá, de Anton Meister, nº 8), los nazis fundamentaron por qué rehusaban considerar a los judíos como ciudadanos del Estado alemán, en que constituían desde hacía más de dos mil años un grupo endogámico, de cruzamiento consanguíneo, y en “el hecho real de que son nómadas.”
Aunque las prácticas de la Iglesia siempre fueron represivas, de dogma impuesto, siempre “manu militari”, la Inquisición en sí no se constituyó hasta 1231, con los estatutos Excommunicamus del papa Gregorio IX, estableciéndose periódicamente en plazas de cierta importancia, desde donde los inquisidores promulgaban órdenes conminando a todos los culpables de herejía (es decir, a todos los no cristianos) que se presentaran ante el tribunal por propia iniciativa para autoinculparse. Estos inquisidores podían, con su inmenso poder represivo, entablar pleito contra cualquier persona sospechosa, rea de sus propias creencias. El testimonio de los testigos, voluntarios o presionados, se consideraba por lo general prueba determinante de culpabilidad. No obstante, como quiera que a la Curia le asaltase cierto prurito de perfeccionamiento en la maldad como práctica consuetudinaria, en 1252, el papa Inocencio IV dictaminó la tortura como el mejor medio para extraer la verdad de los sospechosos. Al igual que siglos más tarde hiciese el régimen nazi, esta Iustitia cristiano-católica, que utilizaba los poderes civiles como herramientas de ejecución en sus procedimientos, controlaba bajo el terror más absoluto el día a día de todos los ciudadanos, hasta sus mínimos pensamientos. Incluso sobre todo tipo de impresos y manuscritos, prohibiendo la lectura y circulación de libros y papeles, en evitación de perjuicios a la moral o de ser contrarios a los dogmas, ritos y disciplina eclesiales. La Historia nos demuestra que ni siquiera uno solo de los rasgos que definen la Inquisición, especialmente la española, es merecedor del menor atisbo de justificación ante la conciencia del mundo. Es más, para mayor abundamiento en cuanto a la bajeza de las afirmaciones del Ratzinger, menester es recordar que en los inmensos y muy católicos territorios, en la época de mayor ferocidad inquisitorial, el único invento habido del que se tiene noticia es la empulguera, ideada exclusivamente para que, al serles aplicada sobre los dedos pulgares, los delatados afirmasen, tan rotundamente como su agonía se le permitiese, que eran más herejes que el mayor de los herejes.
Cabe la posibilidad de que aquellos relajados, en el desamparo de su extrema adinamia, atortujados y ciegos de dolor ante su propia penar, el familiar y el ajeno, considerasen estar en el Paraíso cuando eran arrojados sobre los carromatos de ruedas gruñonas, con la coroza encajada hasta los ojos, camino de la hoguera. El “eterno agradecimiento” a la Iustitia inquisitorial de aquellos ciudadanos, aterrorizados por las deposiciones de sus delatores y falsos testigos, primero, la aprehensión, la tortura y las procesiones de los autos de fe, después; la hoguera final, con su posterior y menos importante esparcimiento de las cenizas; de aquellos judíos españoles y portugueses, escogidas víctimas de los feroces conmilitones arzobispales, zoquetes, ignorantes, zopencos, palurdos, toscos y cerriles, patanes garrulos, sería mucho más tarde, sobre 2005, rememorado por el Gran Inquisidor, Benedicto XVI , y no cuenta Youtube si esa memoria le corroe el alma. Ojalá.
Haim.
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