
ONDE IRÁS QUE MÁS VALDRÁS. Refrán sefaradí.
Planteaba yo el otro día la conveniencia de tratar sobre el rol a desempeñar por el musulmán en Europa, habida cuenta que la palabra “integración” provoca sarpullido en los dirigentes regionales de estos seguidores de Mohamed. Para ellos es una palabreja y afirman que utilizada como arma arrojadiza a la cabeza de aquellos que practican su “dîn” a fin de desislamizarlos. Estos argumentos son utilizados tanto para justificar la obligación de uso del velo o pañuelo para las féminas como para reivindicar el uso del “tamazight” en las escuelas de Melilla. Obviamente, y ellos lo saben, cuando en las leyes fundamentales de los Estados europeos, derivadas algunas, ejemplos otras, del fondo y del espíritu de la Declaración Universal de Derechos Humanos, se propone la integración como elemento vertebrador del régimen básico de los derechos y de las libertades de todos los ciudadanos, también se refiere a los de los poderes e instituciones del propio Estado. A diferencia de lo que como fijación conservan estos islamistas en su masa cerebral, en Europa, cuando se habla de integración, nos estamos refiriendo a la integración social, no religiosa. Desde hace mucho, cada uno es libre.
No podemos hablar de civilizaciones si estas no han sido conformadas por los pueblos con sus hábitos, su cultura, el cultivo del espíritu, su ma-nejo de la naturaleza entorno, su aportación al bienestar, al conoci-miento, a su propio futuro y al de sus hijos, desarrollándose socialmente. A mi criterio, una civilización en cuyas referencias históricas sus ciuda-danos, el pueblo, sólo aparece (si aparece) de forma sesgada, como víctima difusa y sufridora; una civilización en cuyo testamento a la hu-manidad se describe estructurada por una determinada clase dirigente, un concreto grupo de iluminados, generalmente opresores, dogmáticos y fundamentalistas, no debe ser reconocida como tal. Se nos vienen a la mente algunos casos concretos, pretéritos y contemporáneos, que pue-den servirnos de paradigmas. Son, en realidad, ejemplos por los que Huntington no es del todo creíble en su obra más famosa, Choque de Civilizaciones. En ella, Huntington contempla la dualidad Estados= Civilizaciones como una igualdad que se repite en la Historia, asemejando, por ejemplo, el Imperio Romano y el Antiguo Egipto. Sin embargo, disecciona acertadamente la conflictividad mundial en la actualidad, definiéndola como prototipo de la lucha por el dominio de una forma de vida, de una filosofía, el Islam, sobre otro, Occidente. No siempre como antaño, mediante invasiones con aceros y pezuñas equinas, pero sí utilizando un sistema que en España llamamos de “palo y tentetieso”, macerando las sociedades e instituciones occidentales mediante el terror, acciones bélicas fronterizas y amagos nucleares, para pasar consecutivamente el platillo del chantaje diabólico. También suele utilizar la conmiseración que sus masas desastrosas, anegadas en la miseria y la incultura, provocan en el mass media, ciudadanos y dirigen-tes del mundo libre. Podremos argumentar que no lo recordábamos, pero nos lo vienen amenazando desde hace décadas. Pongo por ejemplo las reconvenciones de Huari Bumedian, ex Presidente de Argelia, pro-nunciadas en un discurso ante la Asamblea de la ONU, que hizo saltar astillas, las cuales se llevó el viento: “Un día, millones de hombres aban-donarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria”. O esa otra frase que el líder libio Muammar el Gadafi ha dicho más recientemente:”Hay signos de que Alá garantizará la victoria islámica sobre Europa sin espadas, sin pistolas, sin conquistas. No necesitamos terroristas, no necesitamos suicidas, los más de 50 millones de musulmanes en Europa la convertirán en un continente musulmán en pocas décadas”. Como se observará, todo amenaza; una mezcla perfecta para rellenar huecos cráneos: victoria islámica, conquista, irrupción, convertir, continente musulmán; poco espacio para la ilusión, para la esperanza, para la libertad. Todo terror y espanto.
Entiendo que Occidente y el Islam no son civilizaciones incompatibles que deban convivir con la necesidad de la perenne lucha en cada uno de los frentes, léase Estados, del planeta, sino que Occidente es, somos, una Civilización de ciudadanos libres a la defensiva ante el Islam, un dogmatismo totalitario que pretende, como decía antes, sorbernos la identidad, como si de un refresco se tratara. El fantasma que recorre Europa no es el comunismo, como los ideólogos europeos del Islam difunden, pero tampoco ninguna reedición de la conciencia fascista, que ya quedó entre los pliegues de la Historia. Verdad es que el creciente estado de tensión que se está comenzando a vivir en Europa no supone más que los primeros balbuceos de ese llamado choque de “civiliza-ciones”, como si del preámbulo de una obra o conflicto más general o único se tratara, que es el panorama que se contempla desde este lado del puente. Obra cuya acción está de antemano justificada por los ideólogos islamistas europeos con argumentos, amén de simplistas, absolutamente cínicos. De tales hechuras son sus referencias a la publicación de una caricatura de su profeta, que llaman “guerra de las caricaturas de Mahoma, desatada por un periódico de la derecha dura y xenófoba danesa, que han incendiado las pasiones del mundo islámico (asalto y quema de embajadas y consulados de países de la Unión, de oficinas de la UE y de instalaciones militares europeas)” ¿Nos damos cuenta real de lo que significa convivir con personas de esta catadura moral, con estas convicciones? ¿Nos damos verdadera cuenta de lo que significa convivir con personas que consideran al país y al continente que les ha dado acogida, que ha puestos las instituciones a sus pies, que les facilita bienes, servicios y bienestar, “haber provocado gratuitamente a los musulmanes, terreno extremadamente fértil, haciendo estallar la rabia acumulada y contenida contra Occidente, y contra el dominio, la humillación, la incomprensión y el racismo al que se ha sometido secu-larmente al mundo musulmán”?
Se nos dice que el mundo se está convirtiendo en un lugar pequeño y que la conciencia civilizadora se ha intensificado por el doble papel de Occidente, ya que por un lado aquí está la cima del poder y por el otro los musulmanes, que nos consideran el nuevo Satán, no quieren que el mundo esté estructurado de la manera que lo está. El problema se encuentra, más bien, en la intolerancia. Por concepción, la estructura y el núcleo del Islam es la intolerancia. Tengo claro que los árabes, sirios, iraníes o libios, pueden llegar a convertirse, individual y colectivamente, en demócratas, pero en tanto que musulmanes nunca podrán aplicar su “sharía” en una sociedad democrática. La democracia es para los totali-tarismos como el anti-virus para la informática. Así que este conflicto se eterniza, porque, ante preguntas como: ¿A qué lado estás?, ¿Qué eres?, se nos responde: ¿Y tú quién eres?
Haim.
