
EL DIO QUE TE GUADRE DE MEDIO HAHÁM Y DE MEDIO HUERCO. Refrán sefaradí.
En el cristal de la ventana desde la que contemplo un mar de olivos, hay una mosca grande, con reflejos iridiscentes en las alas. Me mira con sus mil ojos y gesticula con sus patas delanteras. Cargo mi mano derecha, amartillando el dedo corazón con el pulgar, tensándolo mental y físicamente, lo acerco al insecto, catapultándolo. Una mosca menos.
He sabido que el otro día falleció José de Souza, Saramago por un malintencionado error administrativo. Se ha ido sin haberme dirigido nunca la palabra, aunque lo intenté, porque siempre he pensado que la forma más inteligente de conversar con una persona sobre ella misma es enfrentarla a un espejo. Y con Saramago quise hacerlo durante mucho tiempo, pero ya no podrá ser y bien que lo siento. A partir de ahora espero no tener nunca la oportunidad de hacerlo. Porque, posiblemente, él habrá recorrido la ignorada distancia que habría entre el suelo que pisaba y la aldea imaginaria que sus amigos ateos organizados le tenían asignada para esta circunstancia. Y en el callejero de esa aldea imaginaria, la casa de sus fábulas sin argumento y, por ende, sin moraleja; de sus poesías repletas de grumos y arritmias, que él y sus amigos llamaban heterodoxias. Mi humano pésame de buena vecindad, sin homenaje.
Había escrito: “Habiendo vivido hasta estos días de confusión, en lo que creían que era el mejor de todos los mundos posibles y probables, descubrían, complacidos, que lo mejor, lo mejor realmente, estaba llegando ahora, ya lo tenían ahí mismo, ante la puerta de casa, una vida única, maravillosa, sin el miedo cotidiano a la chirriante tijera de la parca, la inmortalidad en la patria que nos dio el ser, a salvo de incomodidades metafísicas y gratis para todo el mundo, sin un sobre lacrado para abrir a la hora de la muerte, tú al paraíso, tú al purgatorio, tú al infierno, en esta encrucijada se separaban en otros tiempos, queridos compañeros de este valle de lágrimas llamado tierra, nuestros destinos en el otro mundo.” Esta afirmación, que define su personalidad como hombre afamado, es una pura contradicción, y parece que dibuja la imagen de un católico despechado con sus iconos. Su “no” es, parece, un no al dogma católico y, pese a su autoproclamado ateísmo, en este texto y a lo largo de toda su obra se vislumbra una indudable preocupación por la divinidad. Contradictorio, ya digo.
Al igual que Jorge Luis Borges, se atrevió a dejar por escrito que el mundo sería más pacífico si todas las personas fueran ateas. Pero Borges lo hacía desde su digna posición agnóstica, positiva en su verbo condicional, acusadora de todo fanatismo. Es más y como en tantas otras ocasiones, en el mismo texto, Saramago justificaba su ateísmo con pueriles argumentos, con recursos dialécticos de infantes colegiales. En un universo, decía, donde hay 400 mil millones de galaxias, y cada galaxia, “según mis cálculos”, tiene millones de estrellas, y cada estrella tiene sus sistemas de planetas en ese vacío total del universo… Si yo fuera Dios, habría inventado un universo menos complicado, más cómodo, más confortable. “Es decir, me parece absurdo”, remataba. Lo curioso es que cuando se expresó así en una universidad, los españolitos oyentes, entre risas bobaliconas, aplaudían con fervor religioso.
Son muchas las motivaciones por las que las personas puedan declararse ateas. Es en la motivación donde se encuentra la esencia del ateísmo. En el ateísmo real, que no necesita proclamas ni eslóganes, las convicciones se fundamentan en las concepciones filosóficas del materialismo dialéctico. Ni más allá, ni más acá. Por lo que sé y he vivido, en la mayoría de las personas -y en este gran grupo incluyo al extinto Saramago- que se manifiestan ateos, su fundamento no es filosófico, sino coyuntural, circunstancial o emotivo; es casual y no causal. Saramago fue alentado a sumergirse en este ateísmo casual. En unos años en los que se afilió al Partido Comunista, se decía comunista cuando los comunistas demostraban no poder construir la sociedad que prometieron, debido a la no superación de los personalismos ni las contradicciones del Capitalismo; se decía ateo cuando el comunismo negaba la existencia de D-s. Era una negación colectiva y, además, estos balbuceos, su tirón popular, interesaban a las grandes editoriales capitalistas, sin importarles sus verdaderas convicciones. Todo vale si es que vende libros. Lo otro, ¿qué más da si es un comunista que vive como un burgués?
Reconozco que la obra de Saramago no me es especialmente atractiva y, aunque el servilismo político tuvo capital importancia en su militancia anti-judía, adrede no entro a valorar esa faceta, el dogmático seguidismo que adolecía. Sin embargo, a lo largo de su actividad literaria, Saramago, a fin de disimular la rigidez del mensaje, no dejó de hacer guiños contra el Capitalismo, el Estado y la Iglesia católica, sin conseguir afinidades de carácter, salvo juveniles aplausos. Esta planicie crítica, maniquea y superficial de sus principales obras va dejando a lo largo de su lectura imágenes de fábulas que envuelven en una extraña sensación de invalidez intelectual al pobre lector. Sus hábitos comunistas, adquiridos en las preceptivas asistencias a los cursos de verano para militantes pro-Partido, tintaba sus charlas y escritos de un exasperante y fatuo tono sapiencial y maestril. En este sentido siempre se pareció a Rafael Alberti.
Aunque el aroma a repetición acompaña a todo lo que lleva su firma, es en “Caín” donde, a la búsqueda de lucrativo revuelo, no tuvo empacho en volcar en ella todas las alegorías y todos los lugares comunes aprendidos a lo largo de su vida de autor, quizás intuyendo que sería su última novela. En realidad, su publicación fue un postrer y ridículo libelo contra esa divinidad que nunca supo definir, pero que su astucia latina avecindaba en la Torá. Él, que de tantas letras carecía, pretendió con “Caín” reescribir la Biblia, aunque afirmaba ser una historia que no existió. Y al escribir esto, me viene a la memoria aquel compañero de trabajo que me decía, muy ufano, que él creía en D-s, pero no en los curas. No obstante, Saramago siempre sostuvo que su obra era “de una impecable lógica” y que “no pretendía hacerle competencia a la Biblia, ni que su lector fuese a creer haber visto la luz después de leer el libro”. Así que, en orden a esa pura lógica, en la presentación del libro remató con un “Sinceramente, creo que la muerte es la inventora de D-s. Si fuéramos inmortales no tendríamos ningún motivo para inventar un D-s. Para qué. Nunca lo conoceríamos”. Y cerró el acto.
Creo que, al igual que ocurre con sectas y creencias variopintas, este baturrillo dialéctico, este rasante nivel didáctico es curiosamente lo que, por desgracia, ha favorecido el incremento del número de incondicionales de Saramago, hombre y autor, en el conjunto de un personal joven, despersonalizado y poco dado al análisis. El ateísmo socarrón y cateto del que hacía gala, y que no era más que anti-judaísmo soterrado, tenía sus matices. “Ateo es sólo una palabra”. Sólo su escasa formación, pues, justifica la vacuidad del discurso, la confusión del pretendido mensaje, aunque ello no quita para que la falta de fronteras en el humanismo común permitiese que sus seguidores lo ubicasen en él gratuitamente. Porque gratuito resultaba mantenerse flotando por mor de las apariencias en un mundo cultural que, al final, no le pasó factura. Saramago necesitaba de las charlas para tratar de explicar verbalmente lo que no había sabido hacer en sus libros. En el caso concreto de esta obra, “Caín”, después de su lectura, uno se pregunta: ¿Qué he leído? ¿Qué hay de esta mezcolanza de nombres bíblicos? ¿Qué ha pretendido ese individuo al escribir el libro? ¿Dónde ha dejado a Caín. Lo habrá puesto debajo de mi cama, o en la panera? Posteriormente lo desentrañará el autor en una charla explicativa: “Inventé, no el futuro ni el pasado, sino lo que llamo otro presente. El libro es divertido y profundamente serio” Es evidente que no necesitaba apólogos ni abuelas.
Es tanta y tan reiterativa su, dicho sea coloquialmente, retórica bíblica, que José de Souza, Saramago, necesitaba insistir en las entrevistas y coloquios en reafirmar su comunismo o su ateísmo, cuando la realidad es que en él había tal mezcla de osadía, anti-judaísmo e ignorancia, que resulta harto difícil encasillarlo. Si algo tuvo, sería un reflejo de los innumerables e infaustos acontecimientos habidos en la historia del judaísmo a lo largo de los últimos cuatro mil años, una inconsciente fobia a lo judío, a todo lo judío. En el terreno intelectual, la continuada constatación de que el nacimiento del Judaísmo ha sido la única y verdadera revolución que la Historia se ha dado. Y que, bien que lo pregonaba el luso, tanto la Revolución francesa como, y sobre todo, la Revolución de Octubre, no fueron más que simples mohines históricos, sin comparación con el diseño de Abraham y sus seguidores de una Nación, con su D-s ético, con el brusco cambio en el pensamiento y vida de los humanos que supuso, con su inevitable carga de calamidades en la pelea no sólo contra ídolos, hechiceros, magos y sacerdotisas, sino contra los poderosos que se servían de todo y de ellos. La certeza de que la moral judía iluminó ambas Revoluciones y, sobre todo, la rusa, a pesar y quizás precisamente por ello, de la persecución, acoso y exterminio de los dirigentes revolucionarios judíos, debió suponer para el estalinista Saramago un duro golpe, después de años convencido de lo contrario. Sus palabras refiriéndose a los judíos, civiles o militares, da igual, “…son especialistas en crueldad, esos doctorados en desprecio que miran el mundo desde lo alto de la insolencia que es la base de su educación”, son más grandes que la persona que las pronunció.
Las moscas, antes de morir, dejan miles de huevos en el cristal de la ventana.
Haim.
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