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Al Andalus.

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ONDE HAY CAZAR, HAY CAGAR. Refrán sefaradí.

¿Qué elementos indubitados manejaba el notario Ahmed Infante, proclamado y laureado prócer y Padre de la Patria Andaluza, para concretar el concepto “Al Andalus” exclusiva y conjuntamente en las provincias de lo que hoy se conoce como Andalucía? Al Andalus era una definición geográfica usada por árabes y bereberes para referirse a todo el territorio que dominaban o habían dominado, hasta la conquista de los reyes ultra-católicos castellanos. Es decir, Zaragoza, Huesca, Teruel hasta Valencia, Alicante y Castellón, pasando por Murcia, Toledo, Guadalajara, Cáceres, Badajoz, Huelva, Sevilla, Cádiz, Málaga, Almería, el Algarve. Y Córdoba. Y Granada. Desde el año 711 al 1492. Más recientemente, con más profusión, con más alharaca, de la mano de Ahmed Infante y su extraña y contrahecha paternidad política, se viene utilizando por todos los partidos políticos que rellenan, cual chorizo morcón, el espacio parlamentario andaluz, como especie de cajón de sastre o serón caminero repleto de eslóganes, frases hechas, lemas y ultramontanos mensajes. Todos ellos comen de la misma olla, sin ascos ni remilgos. Es en el único tema que se ponen de acuerdo, sin discusión posible, ajenos al pulso ciudadano.

En cierto modo, hay mucho de verdad en los reproches que desde ciertas instancias del “andalucismo” se hacen a los partidos políticos en relación a sus reiteradas, cínicas y vomitivas declaraciones de fe pro-infantista, mientras ignoran o silencian los pensamientos del por ellos proclamado Prohombre andaluz. Pero son reproches de ida y vuelta, ya que el ideal del prócer Infante no está recogido en ningún estatuto de autonomía política. Adrede. Oculto por toda esa clase política intencionadamente, el pensamiento, la ideología de Ahmed Infante respecto del papel a desempeñar por Andalucía en el conjunto del Estado español, era verdaderamente alucinante, propio de un ánimo fantasioso. Aunque verdaderamente no dijo nada novedoso, repitiendo en sus escritos las grandes indefiniciones al uso, como Libertad, Andalucía Libre, Jornaleros, Pueblo, Desposeídos Destino, Iberia, y otros que tan profusamente aparecía en los escritos políticos de la época, lo que sí resultaba diferenciador en él era precisamente lo que con más empeño tratan de ocultar y él mismo diluía entre renglones: su Andalucía musulmana ideal (Al Andalus), potenciadora de una Iberia distinta. ¿Cómo si no se ha de interpretar el verdadero sentir de estas palabras, escritas a la vuelta de una de sus hayy´s, que no tienen desperdicio: “Más de un millón de hermanos nuestros, de andaluces expulsados inicuamente -las causas de los pueblos jamás prescriben- hay esparcidos desde Tánger a Damasco, según comunicaba hace un año uno de nuestros más esforzados paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la Patria(…), lejos de esfumarse, se aviva cada día. Ellos constituyen, con el reconocimiento de los pueblos fraternos, que los mantienen en la hospitalidad, la élite de la sangre y del espíritu de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención, porque esta redención será común, o no será nunca”. Lejos de mí el chiste fácil, pero no puedo evitar una furtiva sonrisa cuando leo que Infante compara su redención musulmano-andalucista con el Sionismo

Resulta curioso constatar cómo coincidía en el lenguaje con su contemporáneo Primo de Rivera al proponer la “regeneración” como palanca para la “liberación” de Andalucía y España. A uno lo fusilaron elementos de la República, y al otro, elementos facciosos.

Más allá de la institucionalización de la bandera y del himno de Andalucía y de la artificialidad de la conquista de plena autonomía en el Estado, la conciencia política de los andaluces respecto de su “nacionalidad” sigue siendo inexistente. Más aún, de que estos hechos coincidan ni por asomo con las propuestas de un notario que la mayoría del millón ochocientos noventa y nueve mil ochocientos sesenta ciudadanos (de un censo de 6.045.560), que dieron el sí al Estatuto de Autonomía, ignoraban no sólo sus escritos, sino que siquiera hubiese existido. Se hizo un llamado al pueblo enarbolando una bandera con simbología interesadamente desconocida (salvo por su similitud con la de un club de fútbol local), y la imagen en sepia de ese notario, musulmán converso y miembro de aquel selecto club llamado Junta Liberalista, para que diese su apoyo a un Proyecto de Estatuto normalito, que, según se dijo, coincidía en lo fundamental con su políticamente difuso ideario. Con calzador, pero entró; a pesar de que tres cuartas partes de los andaluces dijeron no al fantasmagórico proyecto, o se abstuvieron. Al igual que esa historia colectiva andaluza que manejan, desde los partidos políticos se recurría al repertorio “infantiano” de frases hechas, lugares comunes y latiguillos para fabricar una especie de icono, un tótem policromado, que supliese la falta de carisma.

Nadie pone en duda que Ahmed Infante estaba obsesionado con la historia irreal de este territorio, motivada por sus fantasías y lecturas afines, le llevaron, cual Don Quijote islámico, a imaginar la regeneración de un hipotético califato andaluz. En sus elucubraciones, consideraba las razias, trifulcas, batallas y guerras abiertas habidas durante siglos entre los diferentes reinos de Al Andalus, aunque hermanos musulmanes, como los procesos “que llevaron a nuestros antepasados a producir ese cambio revolucionario que, dándole la vuelta a las estructuras económicas, políticas y sociales impuestas por la minoría visigoda, sacaron a Andalucía de la negra Edad Media, para anticipar el Renacimiento que siglos más tarde y gracias a la influencia andalusí llegaría a Europa”. Ni más, ni menos.

Ya en el Preámbulo del Estatuto de Autonomía se afirma que en el proceso habido desde la publicación de la Constitución Española, Andalucía “…se ha acercado al ideal de la Andalucía libre y solidaria por la que luchase incansablemente Blas Infante…” Gruesa hipérbole. Infante no contemplaba un futuro para Andalucía lejos del Islam, y su “regeneración”, la recuperación de la fe musulmana para todos los andaluces. Por consiguiente, la libertad profetizada por Ahmed Infante para Andalucía vendría de la mano del Islam, así como su dogma, aunque no especifica cómo, ni si diferiría de la libertad que encontró y gozó en las diferentes peregrinaciones que hizo, como buen musulmán, a La Meca, Marraquech, Damasco,… Cabe pues preguntarse si los redactores, así como sus propulsores y panegiristas del Estatuto de Autonomía de Andalucía eran conscientes de este hecho y elevaron a la categoría de Padre de la Patria Andaluza a un islamista cuyo ideal político era recolocar, blandiendo el Corán, esa Patria en el Medioevo, por sí, por España y la Humanidad.

No quisiera que se consideraran mis palabras como exabruptos, en cualquier caso, humildes, y ristra de espinosos acebos. Son serias consideraciones, nacidas de la contemplación impotente de las manipulaciones efectuadas por determinados políticos e intelectuales alienados, de unos hechos dispersos acaecidos a lo largo de cientos de años en unos territorios sin nombre, con pobladores borrosos, inestables y de diferentes raleas, para definirlos como historia propia; así como de la desfachatez de esos mismos personajes al utilizar los mismos métodos con la vida y obra de un simple notario que, al convertirse al Islam en 1924, recompuso todas sus inquietudes políticas para proyectarlas hacia la consecución de un gran califato andaluz con el Corán como norte.

En mi defensa, reproduzco algunas frases que Blas Infante, Ahmed Infante, pronunció o escribió:

“Es Mahoma, el Profeta de nuestros antepasados, de Al Andalus…, será nuestro Profeta”

“La revolución india -en carta dirigida al Congreso de los Pueblos sin estado, celebrado en Delhi el año 1930-, es un mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son también. ¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afro-asia mientras que el despertar no venga a abrir los ojos en la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Al Andalus.

Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Al Andalus vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su Libro vuelva a ser el Corán, como dice la Sura III: Aquellos a quienes les hemos dado el Corán y lo leen como deben leerlo”.

Toda una declaración de intenciones.

Haim.

http://haimfer.blogspot.com/



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