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Mazal tov.

hamsa

AYNARÁ QUE NO TE APODE. Refrán sefaradí.

Tal y como ha discurrido la vida, mi vida, es de suponer que estas palabras, promesa de bienandanza, ya estaban borradas de mi currículo, aún antes de ser “vitae”. Lo digo porque con H´Shem me ha ocurrido algo parecido a lo que me aconteció con un hombre que veía pasar diariamente en dirección a la Cárcel Provincial. Me sentaba yo en la escalinata de mi casa, entre parterres de geranios y dos robustas dalias, cuyos bulbos había enviado un hermano de mamá desde Méjico el invierno anterior. Mi atalaya era siempre la misma, puesto que así lo había decidido mi subconsciente. El sitio era ideal para reflexionar después del almuerzo, a espera de la hora de vuelta al colegio. Era de mi gusto permanecer quieto (sólo movía los ojos tras el vuelo de algún moscardón o libélula entre las flores de dalia color lavanda), mientras mi cerebro trepidaba como una máquina de vapor. Era otoño. Ese hombre caminaba despacio, siempre cabizbajo. A pesar de que aún hacía calor, vestía una especie de blusón oscuro de tejido liviano. Nunca lo vi saludar ni hablar con nadie y cuando llovía no hacía intento de guarecerse bajo algún soportal. Mientras se alejaba, sus pisadas en el empedrado sonaban a líquido. Paso a paso se perdía al fondo de la calle, donde a la izquierda estaba la enorme puerta del cuerpo de guardia de la prisión, a la derecha, en ángulo recto, continuaba la calle hacia las profundidades de la barriada, y al fondo un campo en barbecho, donde el edificio de la cárcel se erigía como península entre rastrojos, sin más límite que una lejana fila de álamos.

Siempre, cada día, pensaba en qué le diría si me atreviese a hablar con él. Me atraía porque lo consideraba diferente y sus idas y venidas, extrañas; su ropa raída pero limpia, así como su rostro, y el cabello brillante pegado al cráneo, como peinado con cepillo; el perfil de la nariz, largo y bravucón, como vela latina. Nunca lo abordé, dejando pronto de tener la oportunidad de hacerlo, puesto que tras las vacaciones hube de incorporarme al nuevo instituto, con el consiguiente cambio de horarios. Al poco tiempo olvidé a aquel extraño ser, sumergiéndome poco a poco en aquella placenta social en que se había ido convirtiendo el día a día de los españoles.

Ya ha llovido. Más de cincuenta años después, sorpresivamente, en el transcurso de una manifestación en favor de Israel y en contra del terrorismo de Hamás celebrada en Madrid en enero de 2009, entre abrazos, coloquios, lágrimas y nostálgicos recordatorios de jornadas vividas en Jerusalén, por entre las cabezas de compañeros manifestantes y reclinado sobre una pared, vi a un anciano, menudo por lo encorvado, que hablaba con un acompañante joven. Mientras hablaba movía la mano derecha por encima de su cabeza, girándola y girándola como panarra en pleno vuelo. Mi corazón brincó. Mis ojos adivinaron más que vieron en él al hombre que diariamente caminaba hacia la cárcel, allá en mi barrio adolescente. Dubitativo, me acerqué despacio y, ¡sí!, la imagen de mi recuerdo coincidía casi exactamente con la de ese viejecito que descansaba su espalda en la pared, casi perdido en el interior de una pelliza, con la barbilla descansando sobre un enorme nudo de corbata de color azul. Me detuve delante de él hasta que izó la vista y, un poco, la cabeza. Aunque la parte superior de ésta lucía sin cabellos, sobre los laterales las canas repeinadas mantenían su empaque hacia la nuca. La nariz me pareció aún más prominente que antaño, pareciendo su cara un barquito velero. Sus ojos me interrogaron. Yo le conozco, dije. El seguía desnudando mi interior con la mirada. Yo vivía de joven en Rico Cejudo, le dije, cerca de la cárcel. Yo le conozco a usted, continué tímidamente. Tenía catorce años, añadí. Permaneció en silencio y, como solía, fijó la vista en el suelo. Transcurrieron varios minutos que me parecieron horas. Lentamente levantó el rostro y sus ojos lloraban. Las lágrimas caían lentamente, solapadas entre los pliegues de la cara.

-Villa Ana-, dijo con un hilo de voz.

Mis piernas flaquearon de emoción. Villa Ana era el rótulo que figuraba en el frontispicio de mi casa, bajo el cual veía pasar a este hombre. Tras un suspiro puso su mano sobre la mía y apretó, incorporándose.

-Sí, yo te conozco. Ahora te pareces a Abraham.

Me lo dijo como si sólo hubiesen pasado un par de días desde una hipotética última entrevista, en tanto que su acompañante me hacía señas en complicidad para que cortara la conversación. Acto seguido lo tomó cariñosamente por los hombros, empujándolo con suavidad acera abajo. Está muy mal, me dijo el acompañante al pasar, acercando su rostro al mío.- Está muy mal…

Fue un milagro volverlo a ver. Entonces no sabía quién era. Ahora no sé quién es. Toda una vida comprimida en una frase y un secreto reconocimiento mutuo, sin nombres. Sin embargo, mantengo la convicción de que volveremos a encontrarnos. Y entonces hablaremos largo y tendido. Le preguntaré qué fue de su vida en ese parpadeo de medio siglo, y aún más ahora, que nos sabemos miembros de la misma tribu. Y su nombre. No me gustaría morir sin saberlo, porque los nombres de las personas son importantes.

Como decía al principio, con H´Shem me ocurrió lo mismo que con mi amigo Sinnombre. Yo, que nunca creí en un Ser Creador del Mundo, paradójicamente, siempre estuve convencido de que el Judío era un Pueblo especial, como elegido, único. Si lo era por un Ser Superior, ya digo, me traía al pairo. Mi vida ha transcurrido, pues, inútilmente en paralelo. Como con Sinnombre, distinguí la imagen de H´Shem y no me acerqué; ignoré las llamadas, y los mensajes también fueron relegados al cajón de las debilidades propias, de los secretos inconfesables. Aunque, por diversos motivos, -sería largo de explicar-, siempre me sentí perteneciente a este Pueblo especial. Es ahora cuando, sacudidos los prejuicios y el hipócrita azoramiento, puedo afirmar con énfasis que soy uno de sus especialísimos miembros, y procuro mantener la puerta abierta para que, como Sinnombre, H´Shem no pase nuevamente de largo, sintiéndose desplazado por culpa de mi estúpida prepotencia. Entonces, ¡qué tiempos!, me hacían gracia los chistes relativos a que los Mandamientos estaban para ser transgredidos. Ahora, una amiga acaba de contarme uno que sólo ha conseguido sacarme una sonrisa:

“D-s le preguntó a los romanos:

-¿Ustedes quieren un mandamiento?

-¿Cuál sería?

-¡No matarás!

-¡No!, gracias. Interrumpiría nuestras conquistas.

Igual le preguntó a los egipcios.

-¿Qué mandamiento sería?

-¡No cometerás adulterio!

-¡No, Señor! Estropearía nuestros fines de semana.

Lo mismo a los sirios.

-¿Cuál?

-¡No robarás!

-¡Uf! Eso me obligaría a trabajar.

Así, D-s fue preguntando a todos los pueblos de la Tierra, hasta llegar a los judíos:

-¿Ustedes quieren un Mandamiento?

¿Cuánto nos costaría, Señor?

-¡Nada! ¡Es gratis!

-¡Ah! Entonces puedes darnos diez”.

Así que asumí el compromiso, porque ya pasaron los tiempos de los impulsos juveniles por cada hipido del alma. Ahora, si bien los vellos de mi cuerpo toman forma de escarpias en cada ocasión que oigo y escucho música judía, sefardí o no, el acto de abrir mi Sidur, Bircat Shelomó, se convierte en una ceremonia, una gala, una fiesta, y la búsqueda dubitativa y torpona en un ejercicio de afirmación. Finalmente, el murmullo mental, al pronunciar la transliteración de las palabras hebreas, se transforma en el Cabalat Shabat recitado por el Chazán Abraham Bursztein.

Mi futuro está en manos de H´Shem. Creo que ya lo tiene escrito. En ese sentido, estoy tranquilo

Haim ben Abraham.



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