
CON UNA DADA NO SE PARTE UN LENIO. Refrán Sefaradí.
Sí, convengo conmigo mismo en que es relativamente fácil manejar conceptos en apariencia no semejantes si lo hacemos sin monomanías y en el contexto de un marco en el que se incluyan Historia y juicio; Historia entendida como el conjunto de hechos, tanto políticos como sociales y culturales, que conforman la trayectoria de un pueblo, de una nación; juicio entendido tanto como el estado intelectual contrario al delirio, como la facultad del alma que nos hace distinguir lo verdadero de lo falso. En lo que hace a un reciente discurso literario de un prestigioso columnista, en el que se refiere a “Gran Israel” e “Israel” no solo como conceptos absolutamente antitéticos, sino señalando entes físicamente opuestos, sirviéndonos de unos simples elementos pedagógicos habremos de coincidir en que un Estado de derecho, decididamente democrático, reconocido internacionalmente, en el que todos los ciudadanos gozan de idénticos derechos, ejerciendo como tal en Oriente Medio existe ya y se llama Israel. Que tras dos mil años de exilio no se defina como “Gran Israel” resulta lógico por evidente: “Gran” es una condición, un natural y no un título. Israel es el Estado de Israel por derecho divino y la grandeza le viene dada precisamente por su condición de judío. Igual da que sus actuales y discutidas dimensiones no se conformen a las por D-s prometidas y que en sus momentos tuvo, ya que es Eretz Israel para todos los judíos. Tanto el Mediterráneo como el Jordán siguen estando a la misma distancia, por lo que el larguísimo exilio se acorta.
Después de tantos y tantos años, siguen siendo un misterio las identidades de los que, sirviéndose del humus creado durante siglos por el vilipendio cristiano, sus opiniones y escritos denigrantes, su menosprecio, sus libelos difamatorios, su ignominia al fin, contra y del Judaísmo, siembran, fabulan, construyen y llenan sus bocas de falsedades contra los judíos e Israel, ignorándose aún cuáles son sus negocios. A todo ello coadyuvan la ignorancia y el desconocimiento general. Todos, en su estolidez, critican que en suelo israelí puedan existir nacionalistas de corto o largo alcance, incluso extremistas, que sueñen y ansíen fronteras que la realidad y el sentido común acercan de forma angustiosa, dotándolas de inquietante confinidad. Incluso, no ven con buenos ojos que pueda existir siquiera un israelí claustrofóbico.
Este escribidor cita datos y fechas, luego conoce los hechos, luego cínicamente pone su sardina cara a la fogata. Como en tantos otros casos, esto es inexplicable. De cómo un hombre culto, con una formación laica y universal, con unos conocimientos fidedignos del tema, tergiversa esos hechos hasta convertirlos en batiburrillo, -pero presentándolos, sin atrición alguna, en perfecta y acicalada aporía-, es demoledor para el lector no avisado y desastroso para, en este caso, la imagen de Israel en el mundo. Pero los israelíes, los judíos, llevan siglos cargando el agua hasta el huerto, pacientemente.
Un simple buceo en las hemerotecas deja corito y cinto en mano a quien, como el columnista mencionado, mantiene que Israel tiene colonizadas Samaria, Judea y Jerusalén oriental, con origen en 1967. Sé que a estas alturas ningún periodista en el mundo ignora el proceso habido: es imposible tal grado de incultura en un profesional de la información. Por ello hay calificar de execrable y falaz la intención de ese periodista, por supuesto que de El País, de señalar a Israel como culpable de la situación en los territorios que hasta 1948 formaban parte del Imperio Británico, silenciando que a Israel le hicieron la guerra, le hacen diariamente la guerra, es víctima permanente de agresiones terroristas incitadas y subvencionadas por aquellos mismos países que lo atacaron masivamente -todas monarquías y dictaduras musulmanas-, y víctima diaria de agresiones físicas y mediáticas a cargo de aquellos que dicen luchar por la derechos sociales desde posiciones supuestamente de izquierdas o progresistas, callando que los cerca de dos millones de musulmanes y árabes que viven en Israel, ciudadanos israelíes, gozan de más derechos que los musulmanes y árabes de cualquier otro Estado, por ejemplo, de los que atacaron e invadieron territorio israelí. Estos países mantienen a Israel en guerra, pues se niegan a suscribir cualquier tratado de paz, si exceptuamos a Egipto y Jordania.
En Israel se es consciente de que los llamados asentamientos -de Judea y Samaria, en tanto no se demuestre lo contario- no son el principal obstáculo para la paz. Creer lo contrario después de un interminable conflicto como el que se vive, es una simpleza. Aunque es un problema real, no cabe duda.
Sin perder de vista esa realidad, no tiembla el teclado al afirmar que en su legítimo derecho de defensa como país atacado e invadido, Israel pasó del 56,4 por ciento a controlar el 78 por ciento de los territorios, una vez consolidado el “monopolytazo” del Imperio con el Reino Hachemita. La dinámica victoriosa en las guerras defensivas a las que se vio arrastrado Israel, le llevó a controlar hasta 90.000 kilómetros cuadrados, de los que devolvió a Egipto los 60.000 kilómetros cuadrados del Sinaí, repletos de carreteras, pozos, granjas, vías acuíferas y sistemas de riego, en virtud del acuerdo de paz de 1978, y los 360 que dejó al libre albedrío de los gazeños. En el resto, Judea y Samaria, y en gran parte al amparo de la barrera de seguridad, Israel ha construido los asentamientos que ahora se airean tanto, anexando de una manera u otra las ciudades de Modiin, Beitar, Ariel y Maale Adumin. En total, no más de 300.000 israelíes en territorios que, en todo caso, están en disputa. Al respecto, sería interesante que estos periodistas de medio pelo tomasen nota de una vez por todas de la verdadera cronología de los hechos. Al menos así podrían situarse en el mapamundi con veraz conocimiento de causa.
Según dicen las crónicas en las que cualquier hijo de vecino bebe, y también estos peces de albañal, sobrepasada la R-181 de las NNUU (que los árabes y musulmanes rechazaron), invadido Israel por las tropas de Egipto, Líbano, Siria, Iraq y la Legión Árabe hachemita que, rechazada la ofensiva, pusieron pies en polvorosa, el Neguev pasó a formar parte del territorio israelí y, tras los acuerdos de Rodas, Gaza pasó a la Administración egipcia, Samaria, Judea y con Jerusalén Este fueron anexionadas por Jordania en 1950.
Tras el intento de estrangulamiento mediante bloqueo, los egipcios violentaron Israel, así como Jordania y Siria, que organizaron sus tropas en la frontera para un inmediato ataque masivo. Estas acciones tuvieron la misma respuesta con el mismo resultado: la humillante derrota. Israel devolvió miles de prisioneros a cambio de nada, pero ocupó el 22 por ciento de territorio restante, incluyendo Jerusalén Este. Todo territorio egipcio y jordano. Retirado por propia voluntad de Gaza, reunificada Jerusalén definitivamente, Israel espera con tensa paciencia el cumplimiento de las R-242 y 338 de las NNUU, que no pasa ni en sueños por lo que en su fuero interno ansían, según las encuestas, una gran parte de los habitantes árabes de la llamada Cisjordania y todos los que, de puertas afuera, no dejan de proferir consignas y desgarrados apoyos a favor de Abbas y los suyos: la integración total en Israel. Estas intenciones, apoyadas y descritas en las páginas de El País, me excitan la vena humorística, haciéndome recordar un chiste que leí en un libro de Enberg:
CASAMENTERO: Tengo para usted la novia ideal: joven, hermosa, rica, culta…
PRETENDIENTE POBRE (entusiasmado): ¡No me salen las palabras..!
CASAMENTERO: Pero he de serle sincero. La perfección total no existe en la Tierra.
PRETENDIENTE POBRE: Bueno…
C.: La novia que le ofrezco tiene un pequeño defecto, pequeñísimo.
P.P. (con un hilillo de voz): ¿Un defecto?…
C.: Es un defecto sin importancia. Apenas nada: la chica está un poquito preñada.
Haim.
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