Archive for Mayo, 2008
Una carta al mundo desde Jerusalem.

UNA CARTA AL MUNDO DESDE JERUSALEM
por Eliezer ben Yisrael (Stanley Goldfoot)
No soy una criatura de otro planeta como parece que ustedes creen. Soy un jerosolimitano que luce como ustedes, un hombre de carne y hueso. Un ciudadano de mi ciudad, una parte integral de mi pueblo.
Necesito sacar de mi pecho algunas cosas. Porque no soy un diplomático no tengo que usar eufemismos. No tengo que complacerlos, ni siquiera persuadirlos. No les debo nada. Ustedes no construyeron esta ciudad, ustedes no vivieron en ella, ni la defendieron cuando vinieron a destruirla. Y seremos maldecidos si dejamos que ustedes nos la quiten.
Hubo una Jerusalem antes que hubiera una New York. Cuando Berlín, Londres y París eran bosques y pantanos infectos había una próspera comunidad judía aquí. Le dio algo al mundo que ustedes, naciones, han rechazado inclusive desde antes que se establecieran, un código moral humano.
Aquí caminaron los profetas y sus palabras brillaron como si fueran relámpagos. Aquí, un pueblo que no quería otra cosa más que estar a solas, luchó contra olas de paganos con deseos de conquista, sangraron y murieron en las batallas, se arrojaron al fuego de su templo en llamas antes que rendirse, y cuando finalmente fueron sobrepasados en número y llevados en cautiverio, juraron que antes de olvidar a Jerusalem, preferían que sus lenguas se clavaran en su paladar y su brazo derecho se secara.
Durante dos milenios, llenos de dolor, mientras fuimos vuestros indeseados invitados, nosotros rezamos diariamente por poder regresar a esta ciudad. Tres veces al día pedíamos al Altísimo: ¨Reúnenos desde los cuatro extremos del mundo, tráenos a nuestra tierra, vuélvenos misericordiosamente a Jerusalem, La Ciudad, y crezcamos en ella como Tu prometiste¨. En cada Yom Kippur y Pesaj, fervientemente expresamos la esperanza que el próximo año nos encontrara a todos en Jerusalem.
Vuestras inquisiciones, pogroms, expulsiones, los ghetos en los que nos apiñaron, los bautismos forzosos, los sistemas de cuotas, su refinado antisemitismo, y el innombrable horror final, el holocausto, (y peor, vuestro terrorífico desinterés en él) todo eso no nos quebró. Quizá debilitó la pequeña moral que ustedes aún poseían, pero a nosotros nos fraguó en acero. ¿Piensan que pueden quebrarnos ahora después de todo por lo que hemos pasado? ¿Verdaderamente creen que después de Dachau y Auschwitz estamos asustados por vuestras amenazas, bloqueos y sanciones? Hemos estado en el infierno y volvimos, un infierno hecho por ustedes. ¿Qué más es posible que puedan tener en vuestro arsenal que sirva para asustarnos?
He visto a esta ciudad bombardeada dos veces por naciones que se llaman a sí mismas civilizadas. En 1948, mientras ustedes miraban apáticamente, vi a mujeres y niños hechos añicos después que nosotros aceptamos vuestro requerimiento de internacionalizar la ciudad. Fue una mortal combinación la que hizo el trabajo: oficiales británicos, pistoleros árabes y cañones de fabricación americana. Y después, el salvaje saqueo de la Ciudad Vieja, la carnicería, la destrucción de cada sinagoga y escuela religiosa, la profanación de cementerios judíos, la venta, por un diabólico gobierno, de lápidas para ser usadas como materiales de construcción para gallineros, cuarteles e inclusive letrinas.
Y ustedes nunca dijeron una palabra.
Ni siquiera musitaron la más leve protesta cuando los jordanos aislaron el más sagrado de nuestros lugares, el Muro Occidental, en violación de la solemne promesa que hicieron después de la guerra, una guerra que ellos mismos lanzaron, en contra de la decisión de la UN. Tampoco un sólo murmullo provino de ustedes cuando los legionarios, con sus puntiagudos cascos, abrieron fuego de cuando en cuando sobre nuestros ciudadanos desde detrás de los muros.
Vuestros corazones sangraron cuando Berlín fue cercado. Ustedes rápidamente enviaron provisiones para salvar a los gallardos berlineses. Pero no enviaron una onza de comida cuando los judíos se hambreaban en la sitiada Jerusalem. Ustedes vociferaron contra el muro que los alemanes del este construyeron en medio de la capital de Alemania, pero nadie escuchó de ustedes el más leve murmullo acerca del otro muro, el que partió el corazón de Jerusalem.
Y cuando ocurrió lo mismo 20 años después, y los árabes desataron un asalto salvaje, un bombardeo no provocado, otra vez, sobre la Ciudad Sagrada, ¿alguno de ustedes hizo algo?
La única vez que aparecieron vivos fue cuando la ciudad fue finalmente reunificada. Entonces apretaron sus manos y exaltadamente hablaron de ¨justicia¨ y de la necesidad de la cualidad ¨cristiana¨ de dar la otra mejilla.
La verdad -y lo saben profundamente en sus entrañas- ustedes preferirían que la ciudad fuera destruida antes de ser gobernada por los judíos. No importa cuán diplomáticamente ustedes lo digan, los viejos prejuicios afloran en cada palabra.
Si nuestro regreso a la ciudad enredó vuestra teología, quizá sería mejor que reexaminaran vuestros catecismos. Después de todo lo que hemos pasado, no vamos a acomodarnos pasivamente a la retorcida idea que somos nosotros los que hemos de sufrir la eterna carencia de un hogar hasta que aceptemos a vuestro salvador.
Por primera vez desde el año 70, hay ahora completa libertad religiosa para todos en Jerusalem. Por primera vez desde que los romanos pusieron una antorcha en el Templo, todos tienen los mismos derechos. (Ustedes preferirían que algunos los tuvieran más iguales que otros). Nosotros detestamos la espada, pero fueron ustedes quienes nos obligaron a levantarla. Nosotros anhelamos la paz pero no volveremos a la paz de 1948, como ustedes lo desearían.
Estamos en casa. Tiene un amoroso sonido para una nación a la que ustedes obligaron a vagar por sobre la faz del globo. No nos estamos yendo. Estamos redimiendo la promesa hecha por nuestros ancestros: Jerusalem está siendo reconstruida. ¨El año que viene¨ y el año siguiente, y después, y después, hasta el fin de los tiempos, ¡¨en Jerusalem¨!
(Esta carta fue originariamente publicada en THE JERUSALEM TIMES en 1969. Aún es altamente relevante considerando la situación política actual y la próxima celebración de Yom Yerushalayim. La carta fue reimpresa por The Israeli Center of the Orthodox Union in Torah Tidbits Nº211)
Parashat Bamidbar.

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Parshat Bamidbar Durante el segundo año del éxodo de Egipto, Moshé y Aharón recibieron orden de Hashem de contar a todos los israelitas varones cuyas edades oscilaban entre los veinte y los sesenta años… |
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Esos varones quedaron sujetos a cumplir el servicio militar. El censo reveló que seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres. La tribu de Leví fue excluida del censo general a causa de su misión especial en el Mishkán. Originalmente, los primogénitos habían sido elegidos por Di-s para cumplir los servicios sagrados. Después de cometido el pecado del becerro de oro, esta codiciada tarea fue asignada a los Leviím, quienes se habían mantenido fieles al Señor en todo momento. En consecuencia, Moshé recibió orden de encomendar a los levitas el servicio del Mishkán bajo la supervisión de Aharón y sus hijos. El censo efectuado reveló que había un total de veintidós mil trescientos Leviím. Cuando rompían campamento, los tres clanes de Levitas desmantelaban y transportaban el Santuario hasta volverlo a montar al centro del próximo campamento. Y el pueblo armaba sus propias tiendas alrededor de él: los Kehatitas que llevaban sobre sus hombros los accesorios del Santuario (el arca, la menorá, etc) envueltos en diseños especiales para tal función, acampaban al sur; los Gershonitas, encargados de las alfombras, cortinas y tapices del techo, hacia el oeste; y las familias de Merari que transportaban los paneles y pilares, al norte. Antes de la entrada al Santuario, hacia el este, estaban las tiendas de Moshé, Aarón y sus hijos. Más allá del círculo de los Levitas, las doce tribus acampaban en cuatro grupos de tres tribus cada uno. Al este Judá (pob. 74,600), Isajar (54,400) y Zebulun (57,400); al sur, Reuben (46,500), Simeon (59,300) y Gad (45,650); al oeste, Efraim (40,500), Menasé (32,200) y Benjamín (35,400); y al norte, Dan (62,700), Asher (41,500) y Naftali (53,400). Esta formación también se mantenía durante el viaje. Cada tribu tenía su propio nasi (príncipe o líder), y su propia bandera con su color tribal y emblema. |
¿Qué es un Judío?

¿Qué es un Judío? Esta pregunta no es tan extraña como parece. Veamos qué clase de “criatura peculiar” representa el Judío, sobre quien todos los gobernantes y todas las naciones, ya sea en conjunto o por separado, han cometido abuso y dado tormento, han oprimido y perseguido, pisoteado y masacrado, quemado en la hoguera y ahorcado…, y a pesar de todo ello, todavía sigue vivo…
¿Qué es un Judío, que nunca ha permitido ser descarriado por todas las posesiones mundanas que sus opresores y perseguidores le han constantemente ofrecido para que cambiara su creencia y abandonara su propia religión, la Judía? El Judío es ése ser sagrado que ha bajado el fuego eterno de los cielos y a través de él ha iluminado el mundo entero. El Judío constituye la cuna, el manantial y la fuente de religión de la que todos los demás pueblos han extraído sus creencias y religiones.
El Judío es el pionero de la civilización. La ignorancia fué condenada en la Antigua Palestina mucho más de lo que es hoy en día en la Europa civilizada. Además, en aquellos días de salvajismo y barbarie, cuando ni la vida ni la muerte de nadie tenía el más mínimo valor, Rabí Akiva no se abstuvo de expresarse abiertamente en contra de la pena de muerte, una práctica que en la actualidad es reconocida como una forma de castigo “altamente civilizada”.
El Judío representa el emblema de la tolerancia civil y religiosa: “Amad al extranjero y al residente temporario “, ordenó Moisés, “porque vosotros habéis sido extranjeros en la tierra de Egipto”. Y esto fue expresado en aquellos tiempos remotos y salvajes cuando la ambición principal de las razas y de las naciones consistía en abatirse y oprimirse unos a otros. En cuanto a la tolerancia religiosa, la fe Judía no sólo dista mucho del espíritu misionero de convertir a pueblos de otras creencias, sino que, por el contrario, el Talmud ordena a los rabinos informar y explicar a todos aquellos que voluntariamente vienen a aceptar la religión Judía, acerca de todas las dificultades que encierra su aceptación, y recalcar a los supuestos prosélitos que los justos de todas las naciones tienen su parte en la inmortalidad. Ni siquiera los moralistas de nuestros días pueden jactarse de una tolerancia religiosa enaltecida e ideal de este tipo.
El Judío representa el emblema de la eternidad. El, es a quien ni la masacre, ni la tortura durante miles de años pudo destruir; él, es quien ni el fuego ni la espada ni la Inquisición pudo borrar de la faz de la tierra; él, quien fue el primero en presentar los oráculos de D·os; él, es quien durante tanto tiempo ha sido el guardián de la profecía, y es quien la ha transmitido al resto del mundo. Una nación semejante no puede ser destruida. El Judío es eterno como lo es la Eternidad misma!!
LEO NIKOLAIEVITCH TOLSTOY
PERIÓDICO “EL MUNDO JUDÍO”.
LONDRES 1908
Sionismo.

Hoy en día, demasiados amigos y enemigos definen a Israel y al Sionismo en función de la hostilidad del mundo árabe. Haciéndolo así, se pierden la vida y los milagros cotidianos en Israel, los millones que viven, aprenden, ríen y juegan en la única democracia funcional del Oriente Medio. Hacen caso omiso de los logros del sionismo, un movimiento con agallas, visionario, que rescató a un pueblo destrozado reunificando a su población dispersa. Ignoran el potencial transformador del sionismo, el que podría inspirar a las nuevas generaciones de israelíes y de judíos de la Diáspora a encontrar su redención personal trabajando por su vieja-nueva patria común.
Trágicamente, el sionismo hoy en día es asediado y denigrado. Los árabes demonizan al sionismo como una especie de “hombre del saco” moderno, y muchos califican a los sionistas en grupo, junto con los americanos y a la mayor parte de los habitantes de Occidente, como a los “grandes Satanes”. En Israel, los modernos pos sionistas denigran el estado que les alimenta con privilegios, mientras en la Diáspora, algunos anti sionistas judíos, en voz alta, colaboran con fervor converso con los enemigos del estado judío. Los judíos deberían reafirmar su fe en el sionismo y el mundo debería apreciar sus muchos logros. Los sionistas no deben permitir que sus enemigos definan y difamen su movimiento.
Ningún nacionalismo es puro, ningún movimiento es perfecto, ningún estado ideal. Pero hoy el sionismo permanece legítimo, inspirador y pertinente, para mí y para la mayor parte de los judíos. El sionismo ofrece un asidero identitario en un mundo vertiginoso repleto de opciones y de posibilidades, una hoja de ruta para la renovación nacional. Hace un siglo, el sionismo reanimó el orgullo de la etiqueta “judío”; hoy, son los judíos quienes deben reanimar el orgullo de la etiqueta “sionista”:
Soy sionista porque soy judío, y sin reconocer el componente nacional del judaísmo no puedo explicar su carácter único. El judaísmo es una religión mundial ligada a una patria, que forma parte de una pueblo y cuyos días sagrados giran alrededor del calendario agrícola israelí, un calendario que ritualiza conceptos teológicos y permite revivir acontecimientos históricos. Sólo en Israel puede un judío vivir plenamente como judío, viviendo en un espacio y en un tiempo judío.
Soy sionista porque comparto el pasado, el presente y el futuro de mi pueblo, el pueblo judío. Nuestro sistema nervioso está particularmente entrelazado. Cuando uno de nosotros sufre, compartimos su dolor; cuando muchos de nosotros construimos ideales colectivos, nosotros - y el mundo - nos beneficiamos.
Soy sionista porque conozco mi historia, y habiendo sido desterrados de su patria hace más de 1.900 años, los judíos indefensos, errantes, soportaron repetidas y continuas persecuciones tanto de los cristianos como de los musulmanes, durante los siglos previos a que ese antisemitismo culminara en el Holocausto.
Soy sionista porque los judíos nunca olvidaron sus lazos con su patria, su amor por Jerusalén. Incluso cuando ellos establecieron estructuras autónomas en Babilonia, en Europa, en África del Norte, estos gobiernos en el exilio anhelaban regresar a su hogar.
Soy sionista porque esos lazos ideológicos fueron alimentados y nutridos por una valiente minoría de judíos que permanecieron en la tierra de Israel, sosteniendo con su ejemplo el continuado asentamiento judío en el exilio.
Soy sionista porque en tiempos modernos la promesa de la emancipación y la ilustración fue un arma de doble filo, a menudo ofreciendo únicamente la aceptación de los judíos en Europa después de su asimilación, pero sin respetarlos realmente aún tras ella.
Soy sionista porque en el establecimiento del estado soberano de Israel en 1948, los judíos reconstituyeron en términos modernos su relación con una tierra a la que ellos habían estado ligados durante milenios, desde los tiempos bíblicos, como Japón o la India estableció estados modernos en antiguas civilizaciones.
Soy sionista porque con la construcción de ese estado los judíos regresaron a la historia y abrazaron la normalidad, una condición que les dio fortaleza, con todas sus ventajas, responsabilidades y dilemas.
Soy sionista porque celebro la existencia de Israel. Como cualquier patriota reflexivo, aunque critico las políticas particulares que me disgustan de los diversos gobiernos, no deslegitimo al estado en sí mismo. Soy sionista porque vivo en el mundo real de los estados naciones y compruebo que el sionismo no es más o menos “racista” que ningún otro nacionalismo, ya sea americano, armenio, canadiense, o checo. Todos ellos expresan la eterna necesidad humana de cierta cohesión interna, de cierto tribalismo, de una solidaridad especial entre una agrupación histórica de individuos.
Soy sionista porque hemos aprendido del multiculturalismo norteamericano el estar orgullosos de nuestra herencia y de nuestros orígenes, judíos, italianos, griegos, que pueden proporcionarnos unos cimientos esenciales, para que desde nuestros “mí o nosotros”, y por medio de un ‘más’, lleguemos al mundo entero.
Soy sionista porque en Israel hemos aprendido que un país sin una visión se parece a una persona sin alma; la gran tienda de campaña del sionismo nos puede inculcar valores contra la corrupción y de reafirmación de nuestra unidad nacional, restaurando un sentido de misión y de vida.
Soy sionista porque en nuestro mundo de identidades multidimensionales postmodernas, no tenemos que ser sólo “nosotros”, sino “y también”: un sionista y un patriota americano; un judío secular pero también un sionista. Cuando algunas personas que viven en Israel rechazan el sionismo, queriendo decir con ello que rechazan el nacionalismo judío, los judíos de la diáspora pueden por contra abrazarlo. Aquellos que preguntan: ¿”cómo puede usted ser un sionista si no realizado su aliya“?, yo les contesto: ¿”Cómo puede alguien realizar su aliya sin ser en primer lugar sionista?”.
Soy sionista porque soy demócrata. El matrimonio de democracia y nacionalismo ha producido grandes democracias liberales, incluso Israel, a pesar de ser una democracia que experimenta condiciones muy difíciles de existencia.
Soy sionista porque soy un idealista. Así como hace un siglo la noción de un estado judío viable, independiente y soberano era un sueño imposible, aunque valía la pena luchar por él, también hoy vale la pena luchar por la noción de un prospero, soberano e independiente estado judío que viva en paz con sus vecinos, aunque parezca también un sueño imposible.
Soy sionista porque soy un romántico. La historia de los judíos que reconstruyen su patria, recuperándola del desierto, renovándose, ha sido una de las mayores epopeyas del s. XX. Así la descripción de unos judíos que colaboran día a día en el mantenimiento de su patria, que tratan de conciliarse con el mundo árabe, renovándose a si mismos, y tratando de servir de guía, de estado nación modelo, podría ser una de las maravillas de este siglo. Sí, a veces parece rebuscado, pero piensen en la sentencia que Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, acuñó en un alarde convertido en cliché: “Si ustedes lo desean, no es ningún sueño”.
Gil Troy.
Tiempo y Espacio.

Tiempo y Espacio.
Tiempo y espacio son estados espirituales, y todo lo que es visto y oído es espiritual.
Si cerramos los ojos, percibiremos todas las cosas por medio de la profundidad de nuestro interior. Veremos el mundo físico y etéreo en su intencional integridad, nos familiarizaremos con sus leyes y comprenderemos la grandeza que posee, más allá de su proximidad.
Iaacov.
Parashat Bejukotai.

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Parshat Bejukotai La tierra producirá en abundancia y los granjeros estarán ocupados todo el año… |
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Moshé expone que la adhesión a las leyes se traducirá en prosperidad y paz para el pueblo. La tierra producirá en abundancia y los granjeros estarán ocupados todo el año en la siembra de semillas y el levantamiento de las cosechas. Con la protección del Señor, ningún enemigo atacará a los judíos y éstos disfrutarán de paz y felicidad. JAZAK, JAZAK, VENITJAZEK (¡Sé fuerte, sé fuerte, y nos fortaleceremos!) Aquí finaliza el libro de Vaikrá (Levítico) de la Torá y comienza Bamidbar (Números) |
Identidad Judía.

Sesenta años de identidad judía
Cuando mi familia y yo hicimos aliá en el año 1963, un conocido periodista y amigo mío, me preguntó: “¿Dime Cecilio, por qué haces aliá? Yo te conozco desde hace años y ahora hablas de viajar con toda tu familia, con tu joven esposa y tus tres hijos, pequeños ellos”.
“¿Qué fue lo que decidió en ti hacer aliá? Eres un hombre joven de 28 años de edad y médico de éxito, ya bien instalado y trabajando muy bien aquí, en Buenos Aires. Un buen día dejas tu actual situación económica-social y partes a Israel en busca ¿de qué?”
El periodista de la entrevista era muy conocido. “Señor, yo le contesté; yo jamás he sufrido en carne propia el inadmisible antisemitismo. Nací en este país, vi la luz en un pueblo llamado Moisés Ville, allí me crié, y aquí estudié y llegué a médico.
Así conocí a la que es hoy mi dulce esposa y aquí también nacieron mis tres hijos. Aquí vive toda mi familia, la cercana, quienes con todos mis amigos me hicieron muy feliz.
Pero en mi adolescencia, en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia, en una clase de italiano dada por un profesor italiano también, nos preguntó a toda la clase: `¿Quién de ustedes sabe y me puede contestar, quién fue Manuel Belgrano?’ Yo levanté la mano y el profesor de italiano me dijo: “No, tú no contestas a esta pregunta, Cecilio, porque tú eres judío. A ti tendría que preguntar quien fue Moisés, porque tú no perteneces a nuestro país”.
Quedé muy triste, más aún dolorido, y pasaron por mi mente aquellos momentos en Moisés Ville, donde al final del seder de Pesaj’, mi abuelo y luego mi padre, nos decían; “El año que viene en Jerusalén”.
Este episodio sumado a aquél que viví en Valentín Alsina, donde hemos vivido, en que atendí y cuidé de un compañerito de colegio que pasó un serio accidente de bicicleta. Yo lo veía todos los días, hasta que logré verlo caminar nuevamente como todos nosotros y fue el instante que vino a mi mente, en darme cuenta del valor y el sentido real que significa el término y la vivencia de “la identidad”. ¿A mí, precisamente a mí, que he nacido en la Argentina y me he identificado totalmente con su historia, su presente y su futuro, a mí me dicen, que no pertenezco a este país?
Parece que nos faltaba adquirir aún la identidad y hoy y ahora, estamos festejando los 60 años de la proclamación del Estado de Israel, Estado judío. Mi reflexión fue muy fuerte y me dije a mí mismo: “Mi familia y yo tenemos que adquirir lo antes posible este sentido y este término de la identidad que, agregado a nuestro trabajo, quizás nos permita evitar aún, la gran discriminación que existe en el mundo”.
Mi proclama al mundo es que realmente somos judíos, porque cumplimos 60 años de identidad judía y aquí está| el motivo, señor periodista, en mi decisión de vivir en Israel.
Es triste lo que diré, pero yo nací en la Argentina y a pesar de vivir en esa tierra, no tenemos identidad, ni mis hijos ni yo. El profesor de italiano, vivió toda su vida “como inmigrante italiano”. A mí el profeta Moisés me otorgó identidad y los Diez Mandamientos, hace miles de años. Hoy viajo a Israel en busca de la identidad que el mundo exige, aparentemente, pero hoy también festejo, con mi familia, los sesenta años de identidad judía.
Dr. Cecilio Barak
La Democracia y el Islam.

¿Es el Islam compatible con la democracia?
Existe la impresión de que los musulmanes sufren de manera desproporcionada a consecuencia del gobierno de dictadores, tiranos, presidentes impuestos, reyes, emires y diversas formas de hombres fuertes más — y es precisa. Un análisis cuidadoso de Frederic L. Pryor, del Swarthmore College, en el Middle East Quarterly (”¿Son menos democráticos los países musulmanes?“) concluye que “En todos los países excepto los más pobres, el islam está asociado a derechos políticos inferiores”.
El dato de que los países de mayoría musulmana son menos democráticos hace tentador concluir que la religión del islam, su común denominador, es en sí misma incompatible con la democracia.
Yo discrepo de esa conclusión. El desaguisado musulmán de hoy en día, en su lugar, refleja más las circunstancias históricas que los rasgos innatos del islam. Dicho de manera diferente, el islam, al igual que todas las religiones pre-modernas, es de espíritu antidemocrático. No menos que las demás, sin embargo, tiene potencial para evolucionar en un sentido democrático.
Tal evolución no es fácil para ninguna religión. En el caso cristiano, la batalla por limitar el papel político de la Iglesia Católica se prolongó dolorosamente demasiado. Si la transición arrancó cuando Marsiglio de Padua publicaba en el año 1324 el Defensor pacis, se necesitaron otros seis siglos para que la Iglesia se reconciliase por completo con la democracia. ¿Por qué debería ser más fácil o más tranquila la transición del islam?
Hacer al islam consistente con las costumbres democráticas exigirá cambios profundos en su interpretación. Por ejemplo, el antidemocrático Derecho del islam, la sharia, se encuentra en el corazón del problema. Desarrollada hace un milenio, presupone dictadores autócratas y súbditos sumisos, pone el acento en la voluntad de Dios en lugar de la soberanía popular, e insta a la jihad violenta para expandir las fronteras del islam. Además, concede privilegios antidemocráticamente a los musulmanes sobre los no musulmanes, a los varones sobre las mujeres, y a las personas libres sobre esclavos.
Para que los musulmanes construyan democracias en pleno funcionamiento, básicamente tienen que rechazar los aspectos públicos de la sharia. Atatürk hizo precisamente eso en Turquía, pero otros han ofrecido enfoques más sutiles. Mahmud Mohamed Taha, un pensador sudanés, se desembarazaba de las leyes públicas islámicas reinterpretando el Corán de manera fundamental.
Los esfuerzos de Atatürk y las ideas de Taha implican que el islam está en permanente evolución, y que considerarlo inamovible es un error grave. O, en la viva metáfora de Hassán Hanafi, profesor de la filosofía en la universidad de El Cairo, el Corán “es un supermercado donde uno coge lo que quiere y deja lo que no quiere”.
El problema del islam no es tanto ser anti-moderno como que su proceso de modernización apenas ha comenzado. Los musulmanes pueden modernizar su religión, pero eso exige cambios importantes: desaparece el emprender la jihad para imponer el gobierno musulmán, la ciudadanía de segunda clase para los no musulmanes, y la pena capital por blasfemia o apostasía. Entran las libertades individuales, los derechos civiles, la participación política, la soberanía popular, la igualdad ante la ley y las elecciones representativas.
Dos obstáculos se interponen no obstante en el camino a estos cambios. Especialmente en Oriente Medio, la afiliación tribal conserva una importancia supina. Como explica Philip Carl Salzman en su reciente libro Cultura y conflicto en Oriente Medio, estos vínculos dan lugar a un complejo patrón de autonomía tribal y centralismo tiránico que obstaculiza el desarrollo del constitucionalismo, el estado de derecho, la ciudadanía, la igualdad entre los sexos y otros prerrequisitos de un estado democrático. Hasta que este arcaico sistema social fundamentado en la familia sea superado, la democracia no podrá hacer verdaderos progresos en Oriente Medio.
A nivel global, el poderoso e irresistible movimiento islamista obstruye la democracia. Busca lo contrario a la reforma y la modernización — a saber, la reinstauración de la sharia en su totalidad. Un jihadista al estilo de Osama bin Laden puede explicar este objetivo de manera más explícita que un político del estamento como el Primer Ministro de Turquía Recep Tayyip Erdoğan, pero ambos pretenden crear un orden integralmente antidemocrático, por no decir totalitario.
Los islamistas responden a la democracia de dos maneras. En primer lugar, la denuncian por anti islámica. El fundador de la Hermandad Musulmana, Hasán al-Banna, consideraba a la democracia una traición a los valores islámicos. El teórico de la Hermandad Sayyid Qutb rechazaba la soberanía popular, al igual que Abú al-A’la al-Mawdudi, fundador del partido político de Pakistán Jamaat-e-Islami. Yusuf al-Qaradawi, imán de la cadena de televisión Al-Jazira, sostiene que las elecciones son heréticas.
A pesar de este desprecio, los islamistas no tienen problema ninguno en utilizar las elecciones para ganar poder, y han demostrado ser captadores ágiles de votos; hasta una organización terrorista (Hamas) ha ganado unas elecciones. Esta trayectoria no convierte a los islamistas en demócratas, sino que indica su flexibilidad táctica y su determinación a la hora de hacerse con el poder. Como ha explicado Erdoğan reveladoramente, “La democracia es como un tranvía. Cuando llegas a tu parada, te bajas”.
El trabajo duro podrá hacer democrático al islam un día. En el ínterin, el islamismo representa la principal fuerza antidemocrática del mundo.
Daniel Pipes.
Judá Abarbanel.

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Judá Abarbanel |
| León Hebreo, también conocido por su nombre originario de Judá Abrabanel (¿1460? - 1521) fue un famoso filósofo, médico y poeta sefaradí.
Vivió en Toledo y en 1492, al ser expulsados los judíos de España, marchó a Italia; allí vivió en Génova y después en Nápoles.
En 1502 ya tenía acabados sus famosos Diálogos de amor al parecer en italiano, (Dialoghi d’amore), pero no se imprimieron hasta 1535 en Roma. En ellos es notorio el influjo de Platón a través de Maimónides, Juhanam Alemanno, Giovanni Pontano, Mario Equícola e Ibn Gbirol.
El modelo inmediato fue sin embargo la obra de Marsilio Ficino Dialogo sopra l’amore, si bien León Hebreo supo exponer de un modo más completo, original y profundo la estética platónica y logró anular a su modelo.
Para León Hebreo, el amor es el principio universal que domina todos los seres del universo; es la idea de las ideas, tiene un origen divino y es la finalidad de toda forma de movimiento. La realidad de cada ser no es sino su grado de amor.
En efecto, todos los platónicos españoles del siglo XVI sufrieron la influencia de los Diálogos de Abrabanel y se multiplicaron las traducciones que tuvieron influencia en el pensamiento de Baruj Spinoza. Hay huellas clarísimas de los Diálogos en las obras de Baltasar de Castiglione, Pietro Bembo, Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, Francisco de Aldana, Maximiliano Calvi, Fernando de Herrera, Luis de Camoens, Pedro Malón de Chaide, Montaigne y Miguel de Cervantes. Este último, escribió en su Don Quijote: “Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de lengua toscana toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas”. |
